Parana - Edificacion de la Villa

CAPÍTULO III

El proceso de la edificación de la Villa - Diversos periodos - Características diferenciales – Formación de Industrias - Los primeros habitantes - Pobladores al principiar el siglo XIX.

(Páginas 23-28)



Difícil resulta la tarea de formar la nómina, siquiera aproximada, de los primeros habitantes de la Bajada de Paraná, pero la rememoración es al par que interesante, necesaria por la circunstancia de que son ellos quienes constituyen el núcleo fundador de la familia entrerriana.
La mayoría de los campos del interior de la Provincia fueron poseídos en términos definitivos e incorporados al trabajo, por los descendientes del vecindario de la Bajada de Paraná, que paulatinamente, corriendo los años, se expandieron
ininterrunpidamente, hasta alcanzar las costas del Uruguay.
Este hecho fácilmente comprobable, basta para justificar la rememoración parcial e incompleta de los apellidos de las familias componentes del grupo inicial que a contar de 1730 se reunió a la sombra de la parroquia erigida ese año por el Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires, bajo el curato del presbítero santafesino don Francisco Arias Montiel.
La falta de censos y estadísticas correspondientes a esa época, obliga al investigador a compulsar toda documentación supletoria. Los enunciados de algunas escrituras, las referencias de las diligencias de mensuras, las especificaciones contenidas en los libros de actuación del Cabildo de Santa Fe, y en particular los antecedentes consignados en los libros parroquiales de Paraná, abiertos recién en 1764, proporcionan los nombres y apellidos de los habitantes de la región, en los tiempos relativamente lejanos del comienzo de la colonización estable y definitiva de estas tierras.
Sistematizando en lo posible, la reconstrucción del proceso de formación del grupo urbano, lo hemos dividido en períodos sucesivos, caracterizados cada uno de ellos por la presencia de un nuevo aflujo inmigratorio.
La primera etapa comprende de 1730 a 1780. La segunda termina en 1800. La tercera alcanza hasta 1820 y la siguiente termina en 1860. El primer período arranca de la Capilla y se desarrolla bajo la influencia bienhechora del Curato. Apenas creada la Parroquia, fijaron su residencia en la Bajada o, en los campos cercanos, las siguientes personas: Francisco Arias Montiel, Esteban Marcos de Mendoza, Santiago Hereñú, José Marcos Montiel, Felipe Portillo, Pascual Albornoz, Jacinto Benítez, Ventura Godoy, Roque Caraballo, Francisco Albornoz, Tomás Ruiz, José Santa Cruz, Nicolás Angulo, Bartolomé Gomes, Gabriel de Salinas, Agustín de la Tijera, Diego Monzón Espinosa, Felipe Bruno, BIas Duré, Juan Martínez, Ignacio Godoy, Sebastián de los Ríos, Domingo Bastida, Francisco Godoy, Lucas de Orrego, etc.

(C. B. Pérez Colman: La Parroquia de Paraná, etc., págs. 74 y 75).
Hacia 1780, principiaba una nueva etapa en el progreso de Paraná, acusándose su advenimiento por la incrementación de su vecindario y la mayor actividad comercial e industrial del pueblo y su extensa campaña.
Debieron ser varias las causas originarias de este período, indudablemente demarcado por una sensible mejora económica y demográfica. Entre otras, recordaremos la creación del Virreynato en 1776, la apertura del puerto de Buenos Aires, decretada en 2 de Febrero de 1778, las disposiciones que franquearon el comercio de España con América, dictadas en el mismo año, la libertad del comercio negrero por el puerto de Buenos Aires, otorgada en 1779, y la Real ordenanza de Intendentes de 1782, para enumerar solamente las de orden general, particularmente referentes al Río de la Plata.
En lo que respecta a las causas del progreso, de origen local, pueden ser mencionadas: los efectos producidos por la expulsión de la Compañía de Jesús, realizada en 1767, que promovió pocos años después, la enajenación de las extensas tierras de pertenencia de la Compañía; el libre comercio intercolonial concedido al Río de la Plata en 1776, que dio origen al tráfico con las provincias del Norte del país, a las cuales se enviaba importantes cantidades de caballos, mulas y vacunos; la venta de tierras entrerrianas que dispusiera el Virreynato, desde la administración presidida por el general Vertiz y la fundación de los pueblos entrerrianos, realizada en 1783 por el Comandante Rocamora, que trajo un considerable contingente vecinos, y provocó la mayor subdivisión de los campos. Contribuyó también como un factor decisivo de esta época, el progreso
comercial de la Banda Oriental del Uruguay, y las actividades del puerto de Montevideo, favorecido por el incremento del contrabando importador y ex portador.
Todos estos sucesos tuvieron inmediata influencia en el Paraná, cuya población aumentó, si bien con la exigua cuantía que permitían las circunstancias de ese tiempo.
Para darse exacta cuenta de lo reducido de la población, debe tenerse presente que don Félix de Azara al pasar en 1794 por estos lugares, apreció en 70 el número de casas ocupadas por el vecindario. Aun cuando se conceptúa que el Sr. Azara ha estimado con un criterio estrecho la importancia de la villa probablemente por no tomar en consideración más que las casas principales, es indudable que la cuantía de la población era insignificante.
Fue en esta época, que se establecieron numerosos mataderos, saladeros y factorías, para aprovechar la hacienda vacuna existente en la región.
El tercer período, con su correspondiente corriente inmigratoria, puede anotarse entre los años de 1800 y 1820. Entre las diversas causas que influyeron para el nuevo impulso del progreso de Paraná, podemos señalar: los efectos de la Paz de Amiens en el comercio de Inglaterra con las Colonias Españolas, a los que se agregaron a poco los emergentes de las invasiones inglesas, y el decreto expedido por el Virrey Liniers el 13 de Julio de 1808 sobre libertad de comercio exterior. Esos acontecimientos fueron otros tantos incentivos estimulatorios de los trabajos tendientes al aprovechamiento de las
industrias ganaderas, que constituían la parte fundamental de la riqueza de Entre Ríos.
Además, la explotación de los yacimientos calíferos existentes en las barrancas cercanas a la ciudad, tuvo nuevos horizontes, y determinó un avivamiento en las labores industriales, como consecuencia del progreso que se manifestó en los pueblos del Virreynato, tributarios del Paraná en el mencionado producto.
La población de comerciantes e industriales que llegó al pueblo en esta época, estaba compuesta por hombres de preparación y capital, que demostraron en el decurso de su actuación, gran capacidad de trabajo, alta cultura, elevados ideales, y profunda adhesión al porvenir de la Provincia.
En buena proporción llegaron en este período un considerable número de vascos y catalanes, con larga experiencia muchos de ellos, en los trabajos de América, y extensamente vinculados con el comercio de Buenos Aires, Montevideo y el Brasil.
La acción de esos hombres se manifestó a partir de este período en términos que comprometen el recuerdo y la gratitud de la posteridad.
Entre el vecindario de esta época podemos citar a las siguientes personas: Curas Párrocos, Don José Martiniano Alonzo (1781 a 1i89), Luis María de Caviedes (1799 a 1803) y Antolin Gil y Obligado (1803 a 1814). Bernardo de Toca y Maza, Antonio Suárez, Antonio de Orraca, José Labin, Andrés Pazos, José Montojo, Pedro Marcial Gómez, Marcos Miguel Galup, Juan Disamato, Nicolás Pérez Castrillon, Antonio Pinto Farías, Antonio Guerrero, Domingo Clariá, José Castello, Jacinto Vinctrió, Pedro Pablo Latorre, Antonio Olguin, Ventura Rams, Antonio Parera, Fernando Hereñú, José Eusebio Hereñú, Antonio Braga, Manuel Sosa, Juan Garrigós, Francisco Antonio Lara, Damián Carabajal, Domingo García, Esteban Baster. José Eusebio Melara, José Soler y Más, Ramón Soler, Bartolomé Seguí, Juan Bautista Escobar, José García, Juan Francisco Seguí, Francisco González, Marcelino Fernández, Antonio Cuadra, Eugenio López, Rafael Fuentes, Francisco Albarizqueta, José Antonio Lizardía, Miguel Acosta, Andrés Balceda, Tomás Nightingale, Mariano Núñez, José Mejoria, Esteban Marquez, Benito Montojo, Simón Montojo, José Ignacio de Caminos, José Teodoro Larramendi, José Gregorio González, Capitán José Ignacio Vera, Capitán Juan Antonio de Arizmendi, Nicolás Lara, Manuel Beron, Pedro Alvarez, Antonio de Icart, Ramón García, Antonio Alvarez, Pedro Antonio Díaz, Antonio Dávila, Manuel Asencio, Nicolás Barrenechea, Juan A. Belaustegui, Casimiro González, José Pujol, José A. Rotela, Miguel J. Terrada, Ramón Basalbilvaso, Tomás Silva, Felipe Ruiz de la Peña, José Ramírez, Agustín Echeverria, Ciriaco Quintana, José Pérez, José López, José Antonio Gómez, Bonifacio Monzón, Francisco de Icart, Juan del Valle Herrero, Agustín Lanche, Antonio Rodríguez (Antoñico) , Dionisio Bayo, Sinforiano González Bayo, Salvador Ezpeleta, Antonio Luis Rodríguez, Luis Pondal, Pedro Juan Olguin, Francisco Soler, Romualdo García, Esteban Aguilar, Simón Monzón, BIas Monzón, Antonio Salas, Cristóbal Salas, Pedro García, José Gregorio González, Roque Caballero, Antonio José Querencio, Manuel Balbarrey, Paulino Sosa, Valentín Zamora, José Antonio Méndez, Sebastián Aguirre, Vicente Reyes, José de Zubiaur, José
Gorvea, Antonio Medrano, Pedro Pondal, Francisco Márquez, Miguel Márquez, Miguel Acosta, Pedro Pablo Seguí, José Sarret, Mariano Ariosa, Manuel de los Ríos, Pedro Francesch, Luis Sosa, Francisco Llorens, Francisco Godoy, Agustín Mármol, Zoilo García, Juan Antonio Alfayran, Antonio Crespo, Camilo Idoate, EVARISTO CARRIEGO, Celedonio José del Castillo, Francisco Antonio Gómez, José Querencio, Manuel de Isla, Domingo Miguel Alem, Francisco Díaz y Ferrer, Sargento Mayor Francisco Antonio de la Torre y Vera, Tadeo Piedrabuena, Francisco Fransorini, José Félix Loza, Manuel Loza, Dionisio Castañeda, Juan José Hereñú, Casimiro Balceda, Andrés Sánchez, José Alvarez, Santiago Risso, José Zenón Pérez, Francisco Arce, Miguel Piedrabuena, Pedro Otaño, José Antonio Ramos, Diego Gallardo, Faustino Moreyra, José Salazar, Felipe Migueles, Francisco Alba, Juan Agustín Cejas, Juan Ansa, José Moando, José Robles, Francisco Marín, Simón Arrillaga, Juan Balaguer, Pedro Alvarez, Benito de la Torre, Lucas Mansilla, José Reinoso, Miguel Romero, Pedro Ramírez, Andrés Sanabria, Francisco Arizmendi, Lucas Broin, Baltazar Antunez, Pedro Frutos, Pedro Salazar, José Arriola, Javier Sotelo, Santiago Guerrero, Francisco Chaparro, José Sola, Juan Ramón de los Ríos, Santiago Pereyra, José Queipo, Hipólito Rodríguez, Francisco Antonio Pereyra, Fermín de la Rosa, Francisco Troncoso, Gaspar Pérez, José Ignacio Cervera, Juan Pérez Castrillon, Antonio Real, José Domingo Fraga, José Hipólito Porciel, Domingo Salinas, Eleuterio Rodríguez, etc.

(Arch. Gral. de la Nación. Leg. 51, Exped. Nº 1247-Id: Interior, Exped. Nº 11.Id. Leg. Nº 219-Tribunales-C. B. Pérez Colman: La Parroquia y Ciudad de Paraná, Pág. 77 y sigs. Libros Parroquiales de Paraná, Arch. Prov. Censos gubernativos. Arch. Trib. de la Provincia: Expedientes varios).

El incremento comercial e industrial que se experimentó a principios del siglo XIX, se tradujo de inmediato en un sensible aumento en la edificación del pueblo. En la petición elevada al Virrey en 1809 sobre erección de un Ayuntamiento, los firmantes comprueban con datos estadísticos, la importancia adquirida por la villa. En dicho documento se manifiesta que la Plaza Mayor estaba circundada por edificios en sus cuatro frentes y que las casas se extendían hasta tres o cuatro cuadras a la redonda. El número de edificios de material y techo de teja, alcanzaba a diez y siete, siendo las restantes superior a ciento cincuenta. Según los mismos datos elevados al Virrey, en la población funcionaban cuarenta y dos tiendas y pulperías, nueve fábricas de jabón, once hornos de cal, tres curtiembres, dos fábricas de ladrillo y tejas, cinco talleres de carpintería, tres platerías, diez zapaterías, cuatro lomillerías, tres tahonas, cuarenta carros y numerosas carretillas de caballos. (La Parroquia y la Ciudad de Paraná, op. cit.).
Consideradas en conjunto, esas referencias, dan suficiente luz para constatar el notable adelanto experimentado por el pueblo. Las setenta casas que encontrara en 1794 don Félix de Azara se habían más que triplicado, y el número de comercios y establecimientos industriales indican la existencia de un importante centro de actividades.

Del Libro: Parana 1810 - 1860

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