Jesuitas en el Rio de la Plata

Introducción:

El siguiente trabajo se va a dedicar a analizar los aspectos previos a la llegada de los jesuitas al continente americano y analizará como fueron los pueblos (reducciones o misiones) que crearon y, qué legado cultural le ofrecieron a los indígenas junto con la evangelización que le venían a traer.

Es importante recalcar que el trabajo está hecho en base a una visión objetiva de la historia y de los hechos. Éste comienza explicando cuáles eran los derechos de España sobre las nuevas tierras recién descubiertas y cuáles eran sus obligaciones, según las bulas del Papa Alejandro VI, las cuales le otorgaron a España todo el territorio que descubriese con la condición de que iban a evangelizar a los aborígenes de dicho descubrimiento.

Así comienza el movimiento de la Iglesia y el Estado para evangelizar. Juntos llevarán la palabra de Dios a los indios, pero entre todos estos evangelizadores, hay un grupo, que merece una mención especial, los jesuitas y la labor que hicieron en todo el territorio del Guyrá (a ser, la provincia de Misiones –Argentina– y sus alrededores). Sin ellos, como se verá en las páginas del trabajo, la región no hubiese prosperado tanto, y, se hubiera terminado esclavizando y matando muchísimos indios.

Lo que busca el trabajo es obtener una respuesta a la hipótesis formulada, la cual recordemos era la siguiente: "Las misiones jesuíticas ayudaron al indígena a progresar en su vida, siendo de esta forma de mucha importancia de nivel cultural".

Lista Cronológica:

  1. Nacimiento de San Ignacio de Loyola

12 octubre 1492 Colón descubre América

3 mayo 1493 Bula Inter caetera I

3 de mayo de 1493 Bula Eximiae Devotionis

4 mayo 1493 Bula Inter caetera II

25 junio 1493 Bula Piis Fidelium

25 septiembre de 1493 Dudum Siquidem

  1. Llega "Vasco de Gama" a América
  1. Nacimiento de Francisco de Javier

1512 Nacimiento de Diego Laínez

  1. 5º Concilio de Letrán.
  1. Revolución de Lutero negando al Papa.

1534 Fundación de la Compañía de Jesús.

1536 1º Fundación de Buenos Aires.

  1. Concilio de Trento
  1. Muerte de Francisco de Javier

31 de julio de 1556 Muerte de San Ignacio de Loyola

1565 Muerte de Diego Laínez

  1. Asentamiento de la Diócesis de Tucumán.

1580 2º Fundación de Buenos Aires

27 de julio de 1609 beatificación de San Ignacio de Loyola por Paulo V.

  1. Asentamiento de la Diócesis de Buenos Aires

12 de marzo de 1622 canonización de San Ignacio de Loyola por Gregorio XV

  1. Culmina la Compañía de Jesús

Capítulo I

Las Bulas de Alejandro VI sobre las Indias.

esde la llegada de Colón de regreso de su primer viaje el 15 de marzo de 1493 hasta su nueva salida para el segundo en 25 de noviembre del mismo año fueron dadas por la Santa Sede cinco Letras Apostólicas, generalmente denominadas bulas, que son: Inter caetera, breve secretarial de 3 de mayo; Piis Fidelium, bula del 25 de junio; Inter caetera, bula extraordinaria, segundo documento de este título, de 4 de mayo; Eximie devotionis, breve extraordinario de 3 de mayo y por último, Dudum siquidem, bula de 25 de setiembre. El catedrático doctor Giménez Fernández, en reciente y luminoso trabajo ha estudiado minuciosamente estas letras pontificias, sin dejar de subrayar la inexactutid de las fechas en que algunas aparecen expedidas conforme las costumbres de la época y debido a varias causas. Según el mencionado trabajo, la Inter caetera de 3 de mayo es un breve secreto de Curia concedido por la Cámara Apostólica en el que constan encargo, indulto e investidura de tipo gracioso a los reyes solicitantes de España, respetando los derechos adquiridos de Portugal y una cláusula de motu propio destinada a "eludir los vicios posibles de obrepción o subrepción, en el fuero de la conciencia a los efectos de absolución de censuras por infracción de juramentos solemnes". El título del breve es una fórmula muy repetida en otras varias letras Pontificias. Constan asimismo: el propósito de descubrir tierras e islas remotas para extender la fe; el envío de Colón por los mismos reyes a descubrir regiones occidentales del mar océano, ‘hacía los indios según se dice’; la existencia de gentes salvajes y pacíficas ‘bastantes aptos para recibir la Fe católica y serles enseñadas buenas costumbres; toma de posesión de aquellas tierras en donde Colón hizo ‘construir y edificar una torre bien fortificada en la que situó varios cristianos de los que había llevado consigo’, y por última la riqueza de los parajes descubiertos, en los que se han encontrado oro, especias y otras muchísimas cosas preciosas de distinto género y diversa calidad’. De modo explícito hace constar el breve a continuación cómo los monarcas de España ‘como corresponde a Reyes y Príncipes Católicos, decidisteis según costumbre de nuestros progenitores, Reyes de ilustre memoria, someter a Nos las tierras e islas predichas y sus habitantes moradores y convertirlos con el auxilio de la divina misericordia a la Fe Católica. El papa, habiendo recibido dichas tierras e islas y habitantes, alabando mucho en el Señor ese vuestro santo y loable propósito, y deseando que sea llevado a su debida finalidad, de que el nombre de nuestro Salvador sea introducido en aquellas regiones…" en nombre del bautismo requiere a los reyes a proseguir la empresa evangelizadora, para auxilio de la cual les concede diversidad de gracias; motu proprio. Estas gracias son: la devolución de los territorios descubiertos; "con la plenitud de nuestra potestad apostólica, por la autoridad de Dios Omnipotente concedida a Nos en San Pedro, y del Vicario de Jesucristo que representamos en la tierra, a vosotros y a vuestros herederos y sucesores los reyes de Castilla y león, para siempre por autoridad apostólica según el tener de los presentes, donamos concedemos y asignamos todas y cada una de las tierras e islas supradichas así las desconocidas como las hasta aquí descubiertas…’’, siempre que no se hallaren sometidas al dominio de algún príncipe cristiano; otra de las gracias de que se hace concesión por parte del Pontífice es la soberanía política de los territorios así descubiertos, tierras e islas, ‘’con todos los demonios de las mismas, son ciudades, fortalezas y lugares y villas, derechos, jurisdicciones y todas sus pertenencias. Y a vosotros y a vuestros dichos herederos y sucesores investimos de ellas y os hacemos, constituirnos diputamos señores de ellas con plena, libre y omnímoda potestad, autoridad y jurisdicción con la condición de enviar a la doctrina y conversión de los naturales de las mencionadas tierras…" "…varones probos y temerosos de Dios, doctos, instruidos y experimentados para adoctrinar a los indígenas y habitantes dichos en la fe católica e imponerles en las buenas costumbres, poniendo toda la debida diligencia en todo lo antedicha…"; la tercera gracia es la prohibición que hace el Papa bajo pena de excomunión "a cualesquiera personas, sean de cualquier dignidad, estado, grado, orden o condición" de ir a las islas y tierras mencionadas, "para granjear mercaderías o por cualquier causa…"sin especial licencia de los reyes y de sus sucesores y herederos. Caracterizan por último este breve la concesión a los monarcas de España"" de todas las gracias, privilegios, libertades e inmunidades y extensiones concedidas a su tiempo por otros Sumos Pontífices a los reyes de Portugal sobre sus respectivos territorios descubiertos en Africa, como asimismo los indultos de que les fue hecha merecedor la Santa Sede, todo lo cual debe ser considerado incluido en las presentes Letras "…como si estuviese aquí transcrito y palabra por palabra, para que sea como si a vosotros y a vuestros citados herederos y sucesores hubiesen sido especialmente concedidos. Así pues, con igual motu, autoridad, ciencia y plenitud de Potestad Apostólica y como especial donación graciosa, concedemos todo ello en todo y por todo, a vosotros y vuestros indicados herederos y sucesores…"derogando cuanto en contrario estuviere anteriormente decretado o dispuesto, conminando con sanción penal a todo cristiano que contra lo contenido en el presente documento osare ir o procede y dando validez a cualquier instrumento notarial en el que legalmente constase la copia o transcripción del susodicho breve, siempre que fuere "legalizada con el sello de alguna persona constituían en dignidad eclesiástica…". La fecha del documento es de 3 de mayo de 1493,aunque para el señor Giménez la data en que fue extendida es del 28 al 30 de abril.

La bula Piis Fidelium fue solicitud por los reyes el 7 de junio de 1493 y expedida en la fecha que en ella aparece, de 25 de junio. El documento es una bula menor a título gracioso concedida por la vía ordinaria de la Cancillería Apostólica. Está dirigida a Bernardo Boyl, vicario de la orden de los Mínimos en España y en ella constan las preces de los reyes de Castilla y Aragón, su propósito de cooperar a la expansión de la fe en las tierras e islas hasta ahora desconocidas por todos y que por otros sean posteriormente descubiertas hacia las regiones orientales y el mar Océano…" el envío de fray Boíl por los reyes para que "…la palabra de Dios predicada y sembrada entre los naturales y habitantes de dichas tierras e islas que ahora no tienen conocimiento de la fe, para convertirles a nuestra fe y religión cristiana, y enseñarlos e instruirlos en la práctica de los mandamientos del Señor…" ; constan, además, los privilegios concedidos al mencionado fray Boíl: "…te traslades y residas allí cuanto tiempo quisieres tú y con aquellos compañeros de tu orden o de otra cualquiera designados por ti o por los mismos rey y reina…" y predicar. Administrar los Sacramentos., incluso absolver de pecados reservados a la Santa Sede, edificar y erigir iglesias o casas religiosas y bendecirlas y dispensar de los ayunos y vigilias, derogando por su parte el Papa cuantas disposiciones pontificias se opongan a la presente y autorizando las copias debidamente legalizadas de la citada bula.

La bula Inter caetera, segunda de este título, fue solicitada de la Santa Sede pocos días después del 28 de mayo para substituir a la primera Inter caetera y es una bula menor de carácter gracioso concedida por la Cámara Apostólica, vía extraordinaria. Contiene, al igual de su homónima, los mismos encabezados, preámbulo y relación de los hechos que la motivan con las siguientes adiciones: que los reyes habían decidido someter "…las tierras firmes e islas…"; llama a Colón "…hombre apto y muy conveniente a tan gran negocio y digno de ser tenido en mucho…" , refiriéndose a que los descubridores de las tierras firmes e islas con el divino auxilio habían navegado por el mar desconocido, suprime la afirmación que consta en la primera Inter caetera de haberlo hecho por las "…regiones occidentales hacia los Indios, según se dice, que desde ella buscasen otras tierras firmes remotas y desconocidas…" Llegado el punto en que en la presente bula se hace la concesión de los privilegios, se suprime el concepto "…por autoridad Apostólica…" y se limita la localización de las tierras atribuidas a los reyes en la primera Inter caetera "…según el tenor de las presentes, donamos, concedemos y asignamos todas las islas y tierras firmes descubiertas y por descubrir, halladas y por hallar hacia el occidente y Mediodía fabricando y construyendo una línea del Polo Artico que es el Septentrión hasta el Polo Antártico que es el Mediodía, otra que hayan hallado islas y tierras firmes, ora se hayan de encontrar hacia la India o hacia otra cualquiera parte, la cual línea diste de las islas que vulgarmente llaman Azores y Cabo verde, cien leguas hacia el Occidente y Mediodía, así que todas sus islas y tierra firme halladas y que hallaren, descubrieren y que se descubrieren desde la dicha línea hacia el Occidente y Mediodía que por otro rey cristiano no fuesen actualmente poseídas hasta el día del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo próximo pasado del cual comienza el año presente de mil cuatrocientos y noventa y tres, cuando fueron por vuestros mensajeros y capitanes halladas algunas de las dichas islas con todos los dominios de las mismas…" ; en la concesión se suprime el concepto y vocablo investidura limitándola según la zona ya expuesta, dentro de la cual se prohibe navegar y descubrir sin permiso de los reyes, los cuales reciben las dichas tierras con las circunstancias misionera y civilizadoras que constan en la primera Inter caetera. Los demás extremos de la bula homónima , tales como derogación de otros privilegios anteriores, penas espirituales a los infractores y validez de las copias debidamente legalizadas, se mantienen en esta segunda. La fecha de la presente Inter caetera es, para el doctor Giménez Fernández de 28 de junio en vez de la de 4 de mayo que aparece en el documento.

La cuarta bula alejandrina sobre el Descubrimiento y la concesión de las tierras occidentales, es la Eximie devotionis cuyo contenido literal ya consta parcialmente en la primera Inter caetera y su carácter es el de bula menor a título gracioso por la vía extraordinaria secreta, mediante la que se conceden a los Reyes Católicos los indultos y privilegios otorgados a los reyes de Portugal en sus respectivos territorios ultramarinos. "Y como hoy dice –hemos donado, concedido y asignado, como más claramente se contiene en nuestras letras a tal fin redactadas, a vosotros, y a vuestros herederos y sucesores los Reyes de Castilla y León perpetuamente, motu proprio et ex certa scientia y con la plenitud de nuestro poder apostólico todas y cada una de las tierras firmes e islas remotas y desconocidas existentes hacia las regiones occidentales y en el mar Océano, descubiertas o que se descubrieren por vosotros o por vuestros enviados empleando grandes trabajos, peligros y gastos, siempre que no estén bajo el actual dominio temporal ni sometidas a alguno de los soberanos cristianos, con todos sus dominios, ciudades, campamentos, lugares, poblados y todos sus derechos y jurisdicciones; y porque también algunos Reyes de Portugal descubrieron y adquirieron en las regiones de Africa, Guinea y Mina de Oro otras islas , igualmente por apostólica concesión y donación hecha a ellos, y les fueron concedidos por la Sede Apostólica diversos privilegios, gracias, libertades, inmunidades, excensiones, facultades, descriptos, Nos, por existir conveniencia y honestidad en ellos y por desear que Vos y vuestros referidos herederos y sucesores no tengáis menores gracias, prerrogativas y favores… os concedemos… que en las islas y tierras descubiertas por vosotros o en vuestro nombre o que se descubran, podáis y debáis poseer y gozar libre y lícitamente de todas y cada una de las gracias […] concedidos hasta hoy a los reyes de Portugal…" las cuales gracias y privilegios son concedidos sin condición o limitación de ninguna especie. Termina el documento con las usuales cláusulas y a anteriormente repetidas de imposición de penas por incumplimiento y la validez de las copias debidamente legalizadas. La fecha la sitúa Giménez Fernández en 3 de julio, frente a la de 3 de mayor que aparece en la bula.

El quinto y último documento de Alejandro VI sobre el tema, es la bula Dudum siquidem de fecha facial auténtica, 25 de septiembre; es una bula menor y mandamiento de justicia por vía ordinaria en la que a petición de los reyes se amplían las concesiones territoriales otorgadas en la primera Inter Caetera porque "…pudiera ocurrir que los embajadores, capitanes y vasallos vuestros -dice- que navegasen hacia Occidente o Mediodía arribasen a las regiones orientales y encontrasen islas y tierras firmes que hubiesen sido o sean de la India…"; en vista de lo cual el Papa extiende las concesiones anteriormente hechas a los reyes de Castilla "…a todas y cada una de las islas y tierras firmes halladas o por hallar, descubiertas o por descubrir que estén o fuesen apareciesen a los que navegan o marchan hacia occidente y aun el Mediodía, bien se hallen tanto en las regiones occidentales como en las orientales y existan en la India…" bajo pena de excomunión en la forma acostumbrada a quienes lo contrario hicieren o enviase "…alguna de sus gentes a navegar, a pescar o a buscar islas o tierras firmes a las dichas regiones sin expreso y especial permiso vuestro o de vuestros ya citados herederos o sucesores…" , derogando cuantas ordenaciones apostólicas o donaciones se opusieren a la presente.

De todas estas letras Apostólicas, no eran conocidas en los años de la polémica sobre los títulos de dominio, la primera Inter caetera fechada en viernes 3 de mayo, ni la Piis Fidelium de 25 de junio; refiriéndose por lo tanto todas las argumentaciones a las otras tres restantes, de las cuales la segunda Inter caetera de fecha sábado 4 de mayo se hallaban contenida en su homónima a la sazón desconocida; y en cuanto a la Piis Fidelium no se concreta de modo fundamenta a la concesión pontificia de las Indias a los Reyes Católicos y a sus sucesores, sino que se refiere a fray Bernardo Boíl, su misión y sus atribuciones en las tierras descubiertas.

Dado a conocer siquiera substancialmente el carácter y contenido de las aludidas bulas, base de la discusión, corresponde ahora enfocar las posiciones más notoriamente adoptadas desde el descubrimiento y concesión de las Indias por los más famosos y representativos juristas y teólogos.

La Cristianización del indio:

El hecho social y cultural más importante del siglo XVII

La cristianización de los indios es, sin duda, el hecho social y cultural más importante del siglo XVII, así como el máximo factor en la transformación de las culturas indígenas durante la época de dominio hispano. Hasta entonces los esfuerzos evangelizadores habían tenido resultados más bien pobres: limitado número de conversiones duraderas, resistencia frecuente de religiones y costumbres paganas y abundantes casos de sincretismo religioso, es decir, amalgamas incongruentes de conceptos religiosos prehispánicos a los que se mezclan y superponen otros de origen cristiano. La verdadera cristianización de los indios no pudo ser rápida ni anterior a la fecha general que hemos dado, por exigir la concurrencia de dos factores que requieren bastante tiempo: primero, la desaparición del poder de supervivencia implícito en las religiones nativas, que sólo se logra tras las porfiadas campañas de extirpación de idolatrías que tienen lugar entre 1580 y 1630 más o menos, y que incluyen la destrucción sistemática de ídolos, lugares y objetos de culto, arresto y aislamiento de sacerdotes o hechiceros paganos, tenaz castigo de prácticas y usos considerados nefandos, predicaciones continuas contra la idolatría, etc.; y segundo, un largo programa de educación llevado a cabo por suficiente número de clérigos en una gran cantidad de misiones, parroquias y escuelas, educación cuya eficacia cristaliza al cabo de una o dos generaciones, al llegar a edad madura los indios catequizados desde su niñez.

El catolicismo llega entonces a ser una parte funcional de la vida indígena, pese a numerosas y tenaces supervivencias de ritos o prácticas prehispánicas y aun de errores y confusiones doctrinales. […]

Es muy importante reiterar qué a las filas del clero tuvieron acceso casi exclusivamente los blancos, criollos o chapetones. Vimos que los esfuerzos iniciales para preparar un clero indígena se consideraron prematuramente fracasados y se juzgaron peligrosos para la ortodoxia religiosa; el Vaticano mostró por este asunto un interés más bien tardío e insuficiente, o por lo menos, ineficaz; el Regio Patronato dificulta o veta de modo sistemático toda iniciativa sobre el particular, por razones políticas. No tuvieron así los indios otro papel en la Iglesia que el de modestos y dóciles fieles, el clero blanco no podía concebir hacia ellos más alto sentimiento que un amor compasivo y una actitud protectora, paternal; en las misiones y en las parroquias el clero tendió en consecuencia a mantener los indios en una situación de tutela perpetua, terminando por hacerles incapaces de valerse por sí mismos: fomentan su docilidad, desarrollan su disciplina y adormecen su personalidad y espíritu de iniciativa, en general ya bastante escaso. Así se explican los graves casos de regresión cultural y espiritual acaecidos en misiones abandonadas por uno u otro motivo, así se comprende que los indios sintieran (aunque sea difusamente) la religión como algo exterior y en cierto modo impuesto, no como cosa íntima y personal, y la Iglesia como una estructura ajena, propia más que de ellos del pueblo dominador: el escaso carácter nacional de la Iglesia en todos estos países guarda estrecha relación con tales hechos.

Hasta cierto punto, algo de ello le ocurre a toda la sociedad colonial, incluidos los blancos. El clero monopoliza casi la cultura, la vida y el prestigio religiosos; la Inquisición, velando celosamente por la ortodoxia, llega a hacer peligrosas las inquietudes espirituales del individuo. La Iglesia, en consecuencia, es cada vez más clerical, y los seglares acaban por no tener en ella otro lugar que el muy pasivo de dóciles fieles; de la pasividad al desinterés el camino es corto.

Céspedes del Castillo. G. La sociedad colonial americana, en Historia social y económica de España y América.

Evangelización

 

La Iglesia en América

La obra espiritual de la colonización. Desde los momentos iniciales de la conquista, la difusión de la doctrina católica y el afán evangelizador constituyeron uno de los fines esenciales de la colonización. Recuérdese que la Bula Intercaetera dada por el Papa Alejandro VI en el año 1493, concedió a los monarcas de Castilla "todas las islas y tierra firme que descubriesen al occidente" con la obligación de "que al conquistarlas enviasen allí predicadores a convertir a los indios idólatras". Este compromiso fue asumido por la Corona con gran responsabilidad. A tal fin orientó su acción de gobierno ultramarino procurando, dentro de lo posible, dar cumplimiento a los ideales católicos asumidos por el pueblo español.

Tanto los reyes como los conquistadores estuvieron sinceramente imbuidos de la fe cristiana, y aunque no siempre los jefes de la hueste indiana estuvieron a la altura del mensaje de paz y concordia propuesto por Cristo, debe reconocerse el notable esfuerzo por dotar a las empresas colonizadoras de un sentido espiritual y evangelizador.

La Iglesia, como natural guardiana y ejecutora del dogma cristiano, constituyó un elemento de extraordinaria influencia en el medio americano. La religión obró no sólo como reguladora de las costumbres y de las normas morales sino también como fuente de la vida social y cultural.

Los reyes actuaron en consecuencia, ligando a la Iglesia a todos los acontecimientos relacionados con la conquista y la colonización, de ahí la importancia alcanzada por esta institución, cuya influencia se hizo sentir sobre los fieles, a veces por encima de los propios funcionarios gubernamentales. La Iglesia, pues, se hizo presente tanto en los grandes actos oficiales como en los pequeños de la vida cotidiana.

A partir del segundo viaje de Colón la influencia de sacerdotes y misioneros fue en constante aumento. La oportunidad histórica que representaba para la Iglesia Católica el hecho de propagar el catolicismo en las extensas regiones indianas, fue asumida con responsabilidad y hasta con heroísmo por un gran número de animosos frailes contagiados por el inicial espíritu de cruzada que dieron a la empresa evangelizadora.

El Regio Patronato Indiano.

Se denomina patronato al derecho exclusivo del rey para proponer y presentar a las personas para los oficios eclesiásticos y otras dignidades y prebendas destinadas a la administración del culto católico.

Mediante el pleno ejercicio del derecho de patronato, los Reyes Católicos se aseguraron, la administración sobre la Iglesia Católica. Tal derecho les fue reconocido expresamente por la bula del 3 de mayo de 1493 –Eximiae Devotionis – expedida por Alejandro VI y confirmada por otra resolución papal dictada por Julio II el 8 de junio de 1508.

Por la primera, el pontífice cedió a los Reyes el derecho de percibir el diezmo para el mantenimiento de la Iglesia y la evangelización de los indios; y por la segunda, los monarcas eran reconocidos como patronos de todas las iglesias del Nuevo Mundo. De ella surgió también la facultad de nombrar a todos los eclesiásticos. La Corona se reservaba, además, los siguientes derechos:

  • El erigir nuevas diócesis y cambiar los límites de las ya existentes.
  • El percibir las rentas de los beneficios vacantes.
  • El autorizar la erección de nuevas iglesias o monasterios y la deposición de eclesiásticos por sus superiores.
  • Además, todas las bulas papales y cualesquiera otras comunicaciones emanadas de la Santa Sede, destinadas a las iglesias de España y América debían, para poder ser publicadas y entrar en vigor, contar con el pase o autorización del Consejo de Indias, organismo que se reservaba asimismo el derecho de revisarlas, y en caso de no estar de acuerdo parcial o totalmente, de devolverlas a su lugar de origen, lo cual incluía su rechazo.

Ningún clérigo podía pasar a Indias sin la correspondiente autorización real y las altas dignidades de la Iglesia –obispos, arzobispos– resultaban de una terna elevada al pontífice por el Consejo de Indias.

Bajo la dinastía de los Borbones, y como consecuencia de las nuevas ideas liberales, surgió entre los juristas españoles una doctrina nueva: el patronato y la sumisión de la Iglesia al Estado no derivaban de una concesión de la Santa Sede, sino que era la resultante de un derecho inherente a la soberanía de los reyes. Esta doctrina, mantenida en España, fue invocada por algunos de los jóvenes Estados emancipados entre ellos la Argentina que se reservaron el derecho de patronato sobre la Iglesia Católica dentro de sus territorios.

El Ejercicio del Derecho de Patronato

"El Patronazgo de todas las indias pertenece al Rey"

Por cuanto el derecho de patronazgo eclesiástico nos pertenece en todo el estado de las Indias, así por haberse descubierto y adquirido aquel Nuevo Mundo, edificado y dotado en él las iglesias y monasterios, a nuestra costa, como por habérsenos concedido por bulas de los Sumos Pontífices de su propio motu, para su conservación y de la justicia que a él tenemos. Ordenamos y mandamos que este derecho de patronazgo de las Indias, único e Insolidum, siempre sea reservado a Nos y a nuestra Real Corona, y no pueda salir de ella en todo ni en parte, y por gracia, merced, privilegio o cualquiera otra disposición que diéramos en el dicho nuestro derecho de patronazgo […] y que ninguna persona secular ni eclesiástica, orden ni convento, religión o comunidad de cualquier estado, condición, calidad y preeminencia, judicial o extrajudicial; por cualquier ocasión o causa, sea osado a entrometerse en cosa tocante al dicho patronazgo real, ni a Nos perjudicar en él, ni a proveer Iglesia, ni beneficio, ni oficio eclesiástico, ni a recibirlo, siendo proveído en todo el estado de las Indias, sin nuestra presentación, o de la persona a quien lo contrario hiciere, siendo persona secular, incurra en perdimiento de las mercedes que de Nos tuviere en todo el estado de las indias […]

Ley dictada por Felipe II el 1º de junio de 1574

Organización Eclesiástica

La organización eclesiástica hispanoamericana estaba dirigida por arzobispos, obispos y deanes. Subordinados a estas jerarquías se encontraban los párrocos, que realizaban su acción evangélica en las parroquias, y los doctrineros, que actuaban en las reducciones indígenas.

Cada diócesis, es decir, cada distrito donde ejercía su jurisdicción un prelado, contaba con un cabildo eclesiástico encargado de asesorar al obispo y de formar el tribunal que entendía en los asuntos relacionados con el fuero eclesiástico encargado de asesorar al obispo y de formar el tribunal que entendía en los asuntos relacionados con el fuero eclesiástico.

Los arzobispos y obispos se encargaban, además, de promover y proponer al monarca, de acuerdo con el derecho de patronato ejercido por éste, los candidatos a ocupar las altas dignidades eclesiásticas.

Los integrantes del clero regular, o sea los miembros de distintas órdenes religiosas, realizaban su labor misionera con cierta independencia de acción pues no dependían directamente de las jerarquías episcopales; peor su establecimiento en suelo americano estaba sujeto al correspondiente permiso emanado de la Corona. Con el avance de la colonización los miembros del clero regular, en general con mayor preparación. Fueron llamados a ocupar los más altos cargos de las jerarquías eclesiásticas.

Los primeros arzobispados americanos se crearon en Santo Domingo, México, Bogotá y Lima. Con la fundación de nuevos núcleos poblacionales se fueron creando otras jurisdicciones eclesiásticas para atender las necesidades religiosas de los pobladores y de los indígenas convertidos.

La diócesis del Río de la Plata.

En esta región, el asentamiento de la primera diócesis data de 1556 y tuvo su asiento en la ciudad de Asunción. En 1570 se instaló la diócesis del Tucumán con sede en Santiago del Estero (posteriormente trasladada a Córdoba), en tanto que la de Buenos Aires comienza a actuar en 1620. Cuando ya llegaba a su término el dominio hispánico en la región –hacia 1806– se creó la diócesis de Salta. Estos cuatro obispados dependían del arzobispado de Charcas.

La Inquisición era un tribunal eclesiástico para castigar los delitos contra la fe, cuya fundación se remonta a 1218, a raíz de una resolución del papa Inocencio IV.

El tribunal de la Inquisición o Santo Oficio, como se lo llamaba vulgarmente, actuaba en secreto. Sus sentencias, ejecutadas por autoridades civiles, eran proclamadas en un acto de fe.

El inculpado era sancionado con penas de distinta índole y, en casos de reincidencia (relapsos), podía llegar a ser quemado vivo en la hoguera, aunque por lo general se le quitaba la vida primero y luego se incineraba el cadáver sujeto a un poste.

La Inquisición fue establecida en España por los Reyes Católicos y mediante una real cédula expedida por Felipe II (enero de 1569) se dispuso instituirla en las Indias.

La primera sede inquisitorial americana fue la ciudad de Lima, extendiéndose enseguida a México y Caracas. En su afán de bregar por la pureza de la fe, el Santo Oficio indiano se preocupó especialmente de evitar la infiltración de doctrinas consideradas heréticas así como la entrada de judíos y protestantes a quienes se persiguió. Igual rigurosidad se aplicó a los sacerdotes acusados de inconducta y a los blasfemos. Un delito bastante generalizado en América, que también mereció la persecución inquisitorial, fue la bigamia, pues muchos españoles alejados de sus hogares volvían a contraer nupcias en tierras indianas, con lo cual se hacían pasibles de las sanciones eclesiásticas y civiles.

Una de las más importantes preocupaciones del Santo Oficio americano fue la relacionada con la introducción de libros o publicaciones registradas en el IndexI , cuya entrada y lectura estaba estrictamente prohibida. No obstante, fueron abundantes los permisos especiales otorgados a particulares de notoria solvencia intelectual y moral para poder introducir lecturas vedadas.

En Indias, el Santo Oficio no aplicó con frecuencia la pena de la hoguera. Su actuación se hizo sentir obrando como elemento de presión ante determinadas circunstancias. Sus penas más frecuentes eran los confinamientos, destierros y azotes, realizados en medio de aparatosas ceremonias presididas por autoridades civiles y eclesiásticas.

La región del Río de la Plata dependió, en materia inquisitorial, del tribunal instalado en Lima. En 1754 se proyectó establecer un Tribunal del Santo Oficio en esta región, pero el Consejo de Indias no otorgó la correspondiente autorización. Por tal razón, los pocos casos sustanciados (no superaron el centenar) estuvieron a cargo de jueces inquisidores, llegados expresamente de Lima.

Capítulo II

Contrarreforma

a Contrarreforma fue un movimiento que tuvo lugar dentro de la Iglesia católica apostólica romana en los siglos XVI y XVII. Intentó revitalizar la Iglesia y oponerse al protestantismo. Algunos historiadores rechazan el término porque implica sólo los elementos negativos del movimiento y prefieren las denominaciones de Reforma o Restauración católica. Han resaltado la alta espiritualidad que animó a muchos de los que encabezaron el movimiento, que a veces no tenía relación directa con la Reforma protestante.

Peticiones para la Reforma

El siglo XV se caracterizó por las exigencias de una reforma de la Iglesia, como reacción al escándalo del Gran Cisma de Occidente y para corregir los abusos religiosos. El reformista religioso italiano Girolamo Savonarola (1452-1498) criticó con mordacidad la actitud mundana de su contemporáneo, el papa Alejandro VI. El llamado movimiento observantista desarrollado por las órdenes mendicantes intentó que sus miembros volvieran a una vida más austera, y humanistas como Desiderio Erasmo de Rotterdarm trataron de crear alternativas a las estériles especulaciones de la teología académica. Aun siendo sinceros estos esfuerzos, durante mucho tiempo no estuvieron coordinados y no lograron tener un impacto perceptible en la institución.

Iniciativas para la Reforma

Sólo cuando Pablo III se convirtió en Papa en 1534 tuvo la Iglesia el liderazgo que necesitaba para orquestar esos impulsos en favor de la reforma y enfrentarse al reto que supuso la aparición de los protestantes. Una de las iniciativas más importantes de Pablo III fue nombrar reformadores sinceros como Gasparo Contarini y Reginald Pole e incorporarlos al colegio cardenalicio. También impulsó nuevas órdenes religiosas como los teatinos, capuchinos, ursulinas y en especial los jesuitas.

Este último grupo, bajo la dirección de san Ignacio de Loyola (1491-1556), estaba constituido por hombres muy instruidos, dedicados a renovar la piedad a través de la predicación, la instrucción catecumenal y el uso de los ejercicios espirituales establecidos por san Ignacio, donde debía profundizarse en la meditación personal.

Tal vez la más destacada actuación de Pablo III fue la convocatoria del Concilio de Trento en 1545 para tratar las cuestiones doctrinales y disciplinarias suscitadas por los protestantes. Actuando a menudo en una difícil alianza con el emperador Carlos V, Pablo III, como muchos de sus sucesores, no dudó en utilizar tanto medidas diplomáticas como militares contra los protestantes.

Instrumentos de la Contrarreforma

Una poderosa corriente represiva, que empezó hacia 1542, penetró en el propio catolicismo romano cuando se instituyeron el Índice de Libros Prohibidos y una nueva Inquisición. El pontificado de Pablo IV aportó el más vigoroso apoyo a estas medidas. En España la Inquisición se convirtió en un instrumento dependiente de la corona, usado con eficacia por los monarcas españoles, en especial por el rey Felipe II para asegurarse la ortodoxia de sus súbditos y suprimir tanto la disidencia política como la religiosa.

Hacia finales del siglo, en parte bajo la influencia del Concilio de Trento, apareció en Italia un grupo de obispos, celosos por reformar su clero e instruir a su pueblo. San Carlos Borromeo (1538-1584), de Milán, fue un modelo para muchos de ellos. El establecimiento de seminarios en muchas diócesis garantizó un clero honrado en la orden teológico y moral. En Roma, san Felipe Neri (1515-1595) puso música a textos religiosos y llevó a cabo reuniones informales que pronto desembocaron en la figura (y el espacio físico) del oratorio.

Evolución de la Contrarreforma

En Alemania los católicos siguieron intranquilos después de la Paz de Augsburgo de 1555, considerada por muchos como una victoria de los luteranos. Los sacerdotes formados en Roma regresaron a su tierra natal mejor instruidos y con más deseos de llevar a efecto su labor eclesiástica que sus antecesores. San Pedro Canisio elaboró un catecismo que intentó servir de contrapeso al de Lutero, aunque no lo consiguió. Las tensiones internas, en las que se produjo una destacada intervención militar en ambos bandos, culminaron en los horrores de la guerra de los Treinta Años, que hizo estragos desde 1618 hasta 1648 y dejó a Alemania devastada.

Debido a las guerras de Religión en Francia, la Contrarreforma no tuvo apenas implantación allí hasta el siglo XVII. La devoción hacia los pobres, como ejemplificó san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac, caracterizó la experiencia francesa. En este país se prestó mucha atención, al igual que en Italia, a las misiones populares que surgieron entre los campesinos. Mientras tanto, san Francisco de Sales, obispo de Ginebra, publicó su Introducción a la vida devota (1608) que se cuenta entre las más populares de todas las obras de la espiritualidad cristiana.

La espiritualidad de la Contrarreforma fue militante, encaminada a la evangelización de los nuevos territorios recién explorados en el Lejano Oriente y en el norte y sur de América. Semejante entusiasmo se desplegó en el establecimiento de escuelas confesionales, donde los jesuitas desempeñaron un destacado papel de vanguardia. A pesar del énfasis puesto en el activismo, la Contrarreforma dio en España dos de los mayores místicos del cristianismo: santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz.

Concilio de Trento (1545-1563)

Es el decimonoveno concilio ecuménico de la Iglesia católica apostólica romana que, en respuesta a la Reforma protestante, inició una reorientación general de la Iglesia y definió con precisión sus dogmas esenciales. Los decretos del concilio fueron confirmados por el papa Pío IV el 26 de enero de 1564, y fijaron los modelos de fe y las prácticas de la Iglesia hasta mediados del siglo XX.

Todo el mundo consideraba necesario, a finales del siglo XV y principios del XVI, un concilio para reformar la Iglesia. El quinto concilio de Letrán (1512-1517) fracasó a este respecto y concluyó sus deliberaciones antes de que se plantearan las nuevas cuestiones suscitadas por Martín Lutero. Ya en 1520 Lutero subrayó la necesidad de celebrar un concilio para reformar la Iglesia y resolver las polémicas que habían surgido. Aunque numerosos dirigentes de ambos lados se hicieron eco de esta petición, el papa Clemente VII temía que una reunión de este tipo pudiera favorecer la idea de que los concilios, en lugar del pontífice, tenían la autoridad suprema de la Iglesia. Además, las dificultades políticas que el luteranismo planteó al emperador Carlos V hizo que otros gobernantes, y de forma significativa el rey Francisco I de Francia, se mostraran reacios a apoyar cualquier acción que pudiera fortalecer el poder del emperador, liberándole de estos conflictos.

Pablo III fue elegido papa en 1543 debido en parte a su promesa de convocar un concilio. Tras los fallidos intentos de convocarlo en Mantua en 1537 y en Vicenza en 1538, el concilio se inauguró a la postre en Trento, en el norte de Italia, el 13 de diciembre de 1545. Con escasa participación al principio y nunca libre de obstáculos políticos, el concilio aumentó en número de asistentes y prestigio a lo largo de las tres fases en que se reunió.

Primera fase (1545-1547)

En muchos aspectos esta primera fase del concilio fue la que tuvo mayor alcance. Una vez fijadas las numerosas cuestiones de procedimiento, el concilio abordó los temas doctrinales centrales planteados por los protestantes. Uno de los primeros decretos afirmaba que las Escrituras tenían que ser entendidas dentro de la tradición de la Iglesia, lo que representaba un rechazo implícito del principio protestante de 'sólo Escrituras'. El largo y refinado decreto sobre la justificación, condenaba el pelagianismo, detestado por Lutero, aunque intentaba al mismo tiempo definir un papel para la libertad humana en el proceso de la salvación. Esta sesión también se ocupó con menos tino de ciertas cuestiones disciplinarias, como la obligación de los obispos de residir en las diócesis de las que fueran titulares.

Segunda fase (1551-1552)

Después de una interrupción, provocada por una profunda desavenencia política entre Pablo III y Carlos V, la segunda fase del Concilio centró su atención en los sacramentos. Esta sesión, boicoteada por los representantes franceses, fue seguida por algunos representantes protestantes.

Tercera fase (1561-1563)

Suspendido por una declaración de guerra, el concilio se volvió a reunir para su fase final. En sus deliberaciones se impusieron cuestiones disciplinarias, para hacer hincapié en el problema pendiente de la residencia episcopal, considerado por todas las partes clave para la ejecución de la reforma. El hábil legado pontificio Giovanni Morone armonizó posturas opuestas y logró clausurar el concilio. En 1564 Pío IV publicó la Profesión de la fe tridentina (por Tridentum, el antiguo nombre romano de Trento), resumiendo los decretos doctrinales del concilio. Sin embargo, a pesar de su duración, el concilio nunca se ocupó del papel del pontificado en la Iglesia, un tema planteado repetidas veces por los protestantes. Entre los muchos teólogos que participaron en el concilio, Girolamo Seripando, Reginald Pole, Diego Laínez, Melchor Cano y Domingo de Soto fueron los que desarrollaron una actividad más intensa en las polémicas.

Significación

Además de resolver algunas cuestiones doctrinales y disciplinarias fundamentales para los católicos romanos, el concilio también impartió entre sus dirigentes un sentido de cohesión y dirección que se convirtió en un elemento esencial para la revitalización de la Iglesia durante la contrarreforma. Los historiadores actuales opinan que el concilio se interpretó y aplicó en un sentido más estricto del que pretendieron sus participantes, y algunos creen que tuvo menos importancia en el resurgimiento del catolicismo romano que otros factores de naturaleza más espontánea. No obstante, la designación de era tridentina para los siglos comprendidos entre Trento y el concilio Vaticano II, refleja la decisiva trascendencia que tuvo este concilio en la Iglesia católica moderna.

Capítulo III

Mención Histórica sobre las Misiones.

esde el año 1607 hasta 1767, florecieron en América del Sur, especialmente en las provincias del Río de la Plata, reducciones de indios gobernadas espiritualmente y administradas peor padres de la Compañía de Jesús.

 

Estas misiones cuyo principal asiento en la América del Sur fue el actual territorio de Misiones, se constituyeron fundamentalmente con indios Guaraníes y en menor proporción con Lules, Tobas, Abipones, Mocobíes, Serranos y Pampas, Guaycurúes y Chiquitos.

 

Anteriormente, dichos padres habían ya intentado establecer otras misiones, sin alcanzar éxito. Sus primeros ensayos se remontan al año 1585. En esta fecha los padres Francisco Angulo y Alfonso Barzana, constituyeron algunas reducciones con indios Savironas, Matarás y Tonocotes, que tuvieron una vida inestable.

 

Algunos años después los padres Tomás Fiel y José Ortega emprendieron idéntica tarea en las regiones del Guayrá.

 

Fue en 1605 cuando, procedente del Perú, llegó al Paraguay el Padre Diego Torres, acompañado por numerosos misioneros, quedando constituída dos años más tarde la Provincia Jesuítica del Paraguay, cuyo primer provincial fue el P. Torres. Las misiones se iniciaron con indios Guaycurúes al Noroeste de Asunción, con Guaraníes al Sur y con Tapes al Nordeste, en la zona del Guayrá.

 

El gobernador Hernandarias, resolvió entregar para el sustento de los misioneros, a cada dos de ellos la mensualidad que correspondía a cura párroco en las Indias. Dispuso además se proporcionase a los Jesuitas los implementos necesarios para su obra.

 

Estas providencias fueron aprobadas por Real Cédula en octubre de 1611, eximiendo por otra anterior de pagar todo tributo por el término de diez años a los indios conversos.

 

Los primeros en fundar pueblos estables fueron los misioneros destinados al Guayrá, José Cataldino y Simón Massetta, a quienes se unió el beato González después de dos años entre los Guaycurúes.

 

Para los guaraníes fueron destinados los padres Marcial Lorenzana y Francisco de San Martín, quienes después de conquistar al cacique Arapizandu, fundaron la primera reducción en 1609 ó 1610, denominándola San Ignacio Guazú, a doce leguas del Río Paraná, sobre su ribera Norte y a unas veinte leguas al Este de las reducciones Franciscanas que ya estaban instaladas en esos lugares.

 

Posteriormente, el beato González acompañado por el P. Diego de Beroa, recorrió una extensa zona comprendida entre los ríos Paraná y Uruguay, fundando en 1615 la reducción de Itapua o Villa Encarnación, cuya ubicación definitiva algunos años más tarde, fue el lugar ocupado hoy por el pueblo del mismo nombre.

 

Al mismo beato González, de notable actividad, se debió más tarde, en 1620, la fundación de Concepción, San Nicolás, San Javier y Yapeyú, posterior asiento de las autoridades misioneras.

 

Una actividad no menor se desplegaba en el Guayrá. En el cuadrilátero formado por los ríos Iguazú, Paraná y Paranapanema, ya estaban constituídos en 1610 los pueblos de San Ignacio y Loreto, sobre este último río. Al Padre Ruiz de Montoya se debió algunos años después la fundación de las reducciones de San Javier de Tayatí, Encarnación de Nantiqui, San José de Tucutí, Concepción y San Pedro de Gualacos, Siete Ángeles de Tayaoba, San Tomás y Jesús María.

Félix de Azara, naturalista, geógrafo y comisario de límites para las fronteras surgidas del tratado de San Ildefonso (1777), sostuvo que estos pueblos estaban ya fundados mucho antes de la llegada de los jesuitas.

 

El Padre Francisco Díaz Taño, declaró que en 1652, es decir cuarenta y dos años después de su instalación, habían fundado 48 pueblos, de los cuales 26 destruyeron los "mamelucos", provenientes de San Pablo.

 

En cuanto a la población de estas reducciones, en 1690 se calculó en 77.646 indígenas, que en 1702 llegaron a 114.599. Decreció esta cifra en 1739, pese al aumento de pueblos, a causa de una terrible peste. Volvió de inmediato a subir, alcanzando en 1762 a 102.988 habitantes.

 

Hay otros historiadores que sostienen que esta población superó la cifra de 150.000 en los años más florecientes.

 

Tal es a grandes rasgos, la mención histórica de las Misiones Jesuíticas en América del Sur, cuyos antecedentes históricos, desarrollo, organización, métodos de trabajo y luchas, nos proponemos analizar.

Historia de la Compañía de Jesús.

En 1521 uno de los vástagos de los señores de Loyola, defensor del Castillo de Pamplona contra los ataques de las tropas francesas, cayó herido de una bala de cañón.

Este hecho tuvo una importancia extraordinaria al determinar la conversión del herido y posteriormente la formación de una nueva milicia: la Compañía de Jesús.

Ignacio de Loyola, el herido, fue su fundador y su historia está íntimamente ligada a la vida de la Compañía.

Nació en 1491. Convertido a Dios mientras convalecía de sus heridas, su primer ideal fue de austera penitencia y humildad; ideal que comenzó a practicar con disciplinado fervor en la ciudad de Manresa, donde se encuentra el primer germen de la Compañía.

"Pedía limosna cada día; no comía carne, ni bebía vino aunque se lo diesen."

Celoso por lograr la salvación de las almas y por obtener su conquista espiritual, comienza a buscar adeptos.

Su primer compañero fue Pedro Fabro, nacido en 1506. Alma cándida y piadosa, poseía una alta filosofía espiritual, siendo inmediatamente reconocido por sus méritos.

El segundo de sus compañeros fue Francisco Javier. En un principio se manifestó reacio a las insinuaciones del santo, pero posteriormente ganado por éste, se transformó en uno de los más grandes santos de la iglesia, llegando a ser el príncipe de los misioneros.

Se unieron también a San Ignacio, Diego Laínez y Alfonso Salmerón, dos jóvenes españoles de gran talento, Simón Rodríguez, que era portugués y Nicolás Alfonso apodado Bobadilla, nombre del lugar donde naciera.

Todos estaban resueltos a ir a Jerusalén, donde iniciarían una santa cruzada por la conquista espiritual de las almas y si allí no era posible, donde lo indicara el Romano Pontífice.

A este grupo se unieron en 1536, Claudio Jayo, saboyano; Juan Coduri, provenzal; y el francés Pascasio Broet.

Estos diez fueron el primer núcleo de la futura Compañía.

Nació ésta en un momento decisivo para la humanidad. Grandes acontecimientos se destacan en este período que conmueven la vida de los pueblos.

Termina una época se inicia una nueva era. En 1492, Cristóbal Colón, navegante atrevido y audaz se lanza a la conquista de tierras ignoradas y descubre un nuevo mundo que está destinado al gran imperio español.

Seis años después, en 1498, llegaba también a las Indias un navegante portugués, Vasco de Gama y ambos países rivalizan en la conquista de las nuevas tierras.

Unidos en 1496 los reinos de Castilla y Aragón con el enlace de Isabel, la reina prudente, y Fernando, hábil político, se agigantó el brillante porvenir del reino ibérico, aumentando su autoridad y su fuerza.

Pero en medio de estos descubrimientos que acrecentaban el poderío de las monarquías ibéricas y de la iglesia, un monje sajón, Lutero, levantó en 1517 la bandera de la rebelión, incitando a la reforma religiosa, negando la autoridad del Papa, sembrando por doquier la llama de la discordia. Esta rebelión dio origen a una lucha denodada en contra de los reformistas y en defensa de la Iglesia, que fue encabezada por Carlos V.

La Compañía de Jesús, se inicia por lo tanto como una poderosa auxiliar de la Iglesia Católica en la lucha contra los males de la época: Barbarie en el Nuevo Mundo. Herejía en el Viejo Mundo.

La Compañía se extiende por doquier, en las inmensas tierras descubiertas por Colón, y en las regiones abiertas al Viejo Mundo por Vasco de Gama. Se instala también en las naciones católicas donde se arraiga firmemente.

Penetra en forma cautelosa en los países rebeldes a ambos lados de la Mancha, de los Alpes y del Mosa.

La Bula de 1540, dio vía jurídica a la Compañía de Jesús. Ésta debía tener como objetivo la ayuda de las almas en la vida, la enseñanza cristiana y demás ministerios espirituales, en los lugares y en las misiones que determinara el Pontífice.

En 1544, es cuando por primera vez se dio el nombre de Jesuitas a los miembros de la Compañía.

En una carta de San Pedro Canicio al beato Pedro Fabro, en 1545, le daba a entender que este nombre era un remoquete. "Continuamos en nuestro instituto a pesar de la envidia y detracciones de algunos que nos han dado el nombre de jesuitas."

Fue después que el Concilio de Trento sancionó y autorizó el nombre de jesuita, cuando éste comenzó a generalizarse entre los católicos para referirse a la Compañía de Jesús.

También se llamó Teatinos a los miembros de la Compañía, confundiéndoles con la Orden fundada por San Cayetano conjuntamente con Juan Pedro Carafa, obispo Teatino.

Ambas Órdenes nacidas casi simultáneamente, eran confundidas por la semejanza en el vestido, en los ministerios, etc.

En Italia se dejó muy pronto de llamarlos en esta forma, pero en España se los siguió denominando Teatinos durante los siglos XVI Y XVII, degenerando posteriormente en un apodo.

La Compañía de Jesús, tuvo desde su origen una actuación triunfal en los países cristianos. Se estableció en España, en Portugal, Bélgica, Francia, Alemania, Inglaterra.

Constituida en sociedad religiosa por la Bula Pontificia, debía elegirse un superior que le diera fuerza y unidad.

Todos los votos fueron en favor de Ignacio, "nuestro antiguo superior y verdadero padre" como decía Javier. Ignacio coronaba su obra, con la emisión de la profesión solemne de votos religiosos que se verificó en la Basílica de San Pablo.

La "mínima" compañía, como él solía llamarla, desarrolló desde su constitución una actividad extraordinaria.

Su número de adeptos crecía constantemente. Muchos de éstos eran jóvenes que no habían terminado sus estudios eclesiásticos, siendo reunidos dentro de la Orden de colegios.

Éstos eran en un principio casas de estudio para la formación de los jóvenes religiosos. Poco a poco se amplió este campo primitivo, hasta llegar a la apertura de escuelas eclesiásticas y auxiliares primero y luego para las letras profanas, teniendo como norte la educación cristiana de la juventud.

En Roma tenía la Orden dos sedes. Una llamada "de Jesús", era la casa profesa. La otra de formación literaria, el Colegio Romano.

En España la Compañía fue establecida por Francisco de Villanueva con la ayuda de Pedro Fabro. Posteriormente, éste, que conjuntamente con Antonio Aráoz conquistaron el aprecio de la Corte instalaron un Colegio en Valladolid. Ya se habían comenzado los de Valencia y Gandía, creándose también los de Barcelona, Zaragoza, Madrid y Salamanca.

En España la Compañía se inició con gran éxito. En cambio en Francia y Portugal su instalación sufrió grandes obstáculos.

El pequeño grupo que constituía la Compañía en estos dos países debía actuar en condiciones muy difíciles. El Obispo les prohibió predicar y la facultad de Teología por medio de un decreto condenó sus actividades, originando un plebiscito en favor de la Compañía.

En Alemania se instaló el beato Pedro Fabro que trabajó incansablemente confortando a los católicos y sosteniendo la autoridad del Papa.

A Inglaterra fueron dos compañeros de San Ignacio, Broet y Salmerón con la misión de Nuncios Apostólicos. De allí se trasladaron a Irlanda y se proponían pasar a Escocia, pero fueron condenados y perseguidos, siendo llamados por el Papa.

Es así como la Compañía apenas iniciada su actuación, penetraba en los países del protestantismo.

Muerto el fundador de la Orden, fue elegido para gobernarla, el padre Diego Laínez. Sencillo y activo, dio gran impulso a la Compañía, que se desarrolló especialmente en España.

Contribuyó muy eficazmente a su feliz desenvolvimiento el Papa Pío IV que se declaró protector de la misma. Entre otros favores concedidos por éste, uno de los más importantes fue el de conferir grados académicos en filosofía y teología al Colegio Romano, confiando además tareas de gran importancia a los miembros de la Compañía, entre otras la de intervenir en el Concilio de Trento, honor que dispensó al Padre Laínez.

La actitud del Papa Pío IV aumentó el prestigio de la Compañía, acreditando la labor de su director y dando lugar a que el Concilio aprobara y continuara la Orden.

Fallecido el Padre Laínez, fue elegido Francisco de Borja para gobernarla.

De corazón noble y generoso, durante su dirección se amplió enormemente el campo del apostolado. América abría grandes perspectivas a los nuevos misioneros. Primero se dirigieron al Brasil, después a México y Perú.

Muerto Francisco de Borja, fue elegido vicario de la Orden Juan Alonso de Polanco. Durante su dirección su suscitó una fuerte campaña entre los portugueses e italianos contraria a los españoles que predominaban en número y se los consideraba como demasiado severos. Consiguieron mediante esta campaña que Gregorio XIII prohibiese la designación de un nuevo español para gobernar la Compañía.

Electo el flamenco Everado Mercuriano, engrandeció la Orden. Mercuriano concluyó el libro comenzado por Borja sobre las "Reglas de la Compañía". Constituyó misiones entre los infieles y herejes como las de Inglaterra, India, Japón y China, y entre los maronitas del Líbano.

Siguió a Mercuriano en la dirección de la Compañía, el padre Claudio Acquaviva que la gobernó durante treinta y cuatro años.

Acquaviva, espíritu juvenil y activo dio un formidable impulso a la Orden, superando infinidad de dificultades de orden interno y externo.

Impulsó notablemente los estudios eclesiásticos y particularmente la teología positiva. Asimismo fomentó el uso de la oración y práctica de los ejercicios espirituales.

Debió combatir los ataques contra la Compañía que se habían iniciado durante la dirección de Mercuriano y que ahora aumentaban.

La agitación comenzó en España, especialmente en las provincias de Castilla y Toledo. Se atacaba duramente la autoridad del gobernador de la Orden, que pretendían disminuir, y como no lograban que fuera español quien la dirigiera, pedían que se designara un comisario de la misma en España, con tan amplios poderes que he hecho independizaban su acción.

Apoyados por le rey y la Inquisición, presionaron al Papa Sixto V para que reformara la Compañía en España.

Muerto Sixto V, fue designado Sumo Pontífice Gregorio XIV, quien apoyó calurosamente la actuación de la Orden, revocando algunas resoluciones de su antecesor, contrarias a la misma.

El rey de España que alentaba la campaña de los descontentos, logró que se juzgara la labor del padre Acquaviva por orden del nuevo pontífice Clemente VIII que cedió a su pedido.

La conducta del gobernador de la Orden fue ampliamente aprobada. Se dictó un decreto condenando severamente a los descontentos y perturbadores. La autoridad del padre Acquaviva, que fue objeto de posteriores ataques, y la de la Compañía, salieron robustecidas de este juicio.

Para sucederlo fue a su muerte Mucio Vitelleschi, cuya actuación fue secundada con todo cariño por los cuatro Papas que se sucedieron durante ese período, Paulo V, Gregorio XV, Urbano VIII e Inocencio X.

Fue durante la dirección de Vitelleschi cuando se celebró jubilosamente, el 15 de noviembre de 1639, el primer centenario de la fundación de la Compañía.

La Orden continuará ampliando su obra. En España se abrieron dieciocho nuevos colegios, creándose otros en el Perú, México, las islas Filipinas, Nueva Granada y Paraguay.

Durante este período, tomó gran incremento el movimiento científico y literario.

El padre Vicente Carafa ocupó la dirección de la Orden después de la muerte de Vitelleschi. En 1648 durante la carestía que sufrió Roma, se dedicó a facilitar alimentos a millares de pobres, muriendo a consecuencia de la peste que sucedió a la carestía.

Su continuador en la jefatura de la Compañía fue Francisco Piccolomini que se dedicó especialmente a la formación de novicios y jóvenes alumnos.

Después de Piccolomini, fue elegido Alejandro Gottifredi, quien falleció antes de poder ocupar su cargo, siendo inmediatamente designado el padre Gosvino Nickel cuya elección contribuyó a la conversión de la reina Cristina de Suecia.

Debido a la avanzada edad del padre Nickel, fue designado vicario general de la Compañía el padre Pablo Oliva, pasando a ocupar la dirección de la Orden al morir aquél.

Se dedicó especialmente a fomentar las ciencias físicas y matemáticas y las lenguas orientales. Durante su vida aumentaron notablemente los colegios, casa profesas y misiones de la Compañía.

La influencia de ésta crecía y la autoridad de los jesuitas se afianzaba como resultado de la estima que se tenía por sus maestros, en las escuelas por ellos dirigidas, por sus literatos y sabios, y especialmente por sus misioneros y mártires.

A pesar de esto, en España la Orden sufrió las consecuencias del decaimiento general de la nación, hasta llegar a su total decadencia durante el reinado de los últimos reyes de la casa de Austria.

En la primera mitad del siglo XVIII, volvió a renacer la Compañía en ese país.

El padre Carlos de Noyelle, asumió el mando de la Orden al fallecer Pablo Oliva y debió luchar como lo había hecho éste contra el espíritu de la época.

Tirso González de Santalla, elegido director por indicación del papa Inocencio XI, fomentó considerablemente las misiones de Ultramar, afrontando asimismo las luchas de los enemigos y rivales de la Compañía que arreciaban su campaña contra la misma.

Sucedió al padre Tirso, Miguel Ángel Tamburini que tuvo que sufrir los violentos ataques de los jansenistas, orden religiosa que sostenía teorías contrarias a las de los jesuitas, sobre todo después de haber sido condenado su jefe Quesnel.

Francisco Retz, elegido posteriormente por unanimidad gobernador de los jesuitas, recomendaba a éstos para defenderse de sus enemigos, gran reserva en el hablar y serenidad al escribir.

Esta conducta no fue tenida en cuenta por los enemigos de la Orden, jansenistas, masones e incrédulos, que intensificaban especialmente en Francia, los ataques contra los jesuitas.

Bajo su dirección, fueron ampliados, de acuerdo al gusto de la época, los estudios históricos, las matemáticas y las ciencias modernas.

Muerto el padre Retz, ocupó su puesto Ignacio Visconti que tuvo que afrontar las más serias calumnias contra la Orden.

El Portugal primero, en Francia, España e Italia posteriormente, se desencadenó una intensa campaña contra ellos. Se les acusó en Portugal de promover revoluciones y de haber fundado un reino jesuítico en el Paraguay. En Francia los jansenistas y volterianos los atacaron violentamente. En España e Italia se llevaba una seria campaña para lograr su disolución.

Este clima de violencia, de luchas y amenazas, obligó al Papa en 1773 a disolver la Compañía para lograr el restablecimiento de la paz católica.

A pesar de todo, ésta no fue totalmente aniquilada. En Rusia la reina Catalina y en Prusia Federico II, impidieron su supresión, viviendo en esos países con el consentimiento de Clemente XIV y Pío VI.

Al fallecer Visconti, lo sucedió el Padre Luis Centurione y a éste Lorenzo Ricci.

El primero severo, y tímido el segundo, se esforzaron ambos por defender a la Orden de los ataques que amenazaban aniquilarla.

Animaron a la Compañía para que no decayera su espíritu religioso y para mantenerse firmes ante el clima de rencor y de calumnias que la rodeaban.

El período en que gobernó el padre Ricci fue muy doloroso para la Orden. Las misiones de Portugal, del Brasil y de las Indias Orientales comenzaron a declinar, después de la decadencia de las que actuaban en Francia, España, Parma y Sicilia. A esto siguió la orden de destrucción total de las misiones, deteniéndose al padre Ricci que murió en la cárcel del castillo de Sant Angelo en noviembre de 1775.

El cardenal Hergenroether, al narrar la supresión de la Compañía, dice: "Por la notoria laboriosidad de sus hijos, había obtenido gran difusión en todos los países católicos y una singular eficacia."

"Pero no le faltaban enemigos poderosos: los protestantes de todas las confesiones, los jansenistas, los miembros de los Parlamentos gobernados por ellos y los doctores de la Sorbona en Francia, los hombres de Estado adversos a los derechos del Papa, además personas doctas celosas de la fama de la Compañía, religiosos de otras órdenes, literatos, gente de mundo, librepensadores conjurados contra el presente orden del Estado y de la Iglesia."

"Se acusaba a los jesuitas de moral relajada, de abuso en las confesiones, de acaparar dominio y poderío temporal, de intervenir en la política, de no obedecer a los mandatos de los Papas, de despreciar a los obispos, de orgullo, de codicia y muchas otra acusaciones."

"Pero todas éstas fundadas en casos particulares en parte exagerados, en parte inventados y muy pocas veces verdaderos."

Pasada la ola revolucionaria que convulsionó a las naciones del Viejo Mundo, el papa Pío VII, resolvió "restituir en el mismo estado antiguo y en todo el orbe católico a la Compañía, fue electo el padre Luis Fortis.

La Orden resurge con nueva vida y toma gran impulso, desarrollándose vigorosamente bajo la dirección del P. Juan Rootham, que sucedió al Padre Luis Fortis.

Las antiguas Misiones de ultramar se abrieron nuevamente en una nueva época de prosperidad.

Después de las direcciones del Padre Beckx, durante treinta años y del P. Andrledy, surge la figura del padre Luis Martin, quien impulsó los estudios históricos a base de una seria investigación y de una severa crítica.

A su muerte, el Padre Francisco Javier Wernz que lo siguió en el cargo, fomentó la formación intelectual de los jesuitas, aumentando notablemente la labor de la Compañía, especialmente en España, Estados Unidos y Alemania. Pero en cambio en Portugal, eran objeto de una seria persecución, se abolía su residencia en Lisboa, sus casas eran asaltadas, y sus miembros perseguidos.

En 1715 correspondió dirigir los destinos de la orden al P. Wladimiro Ledochowski.

A través de toda esta vida azarosa, de triunfos y persecuciones, la Compañía tuvo la capacidad de ponerse de acuerdo con su época, explicándose en esta forma su éxito sorprendente. Constituyó desde sus comienzos una tendencia moderna de la iglesia, que conjugó una intransigencia absoluta con un sagaz espíritu de adaptación al mundo exterios.

Mientras que otras órdenes fundadas casi al mismo tiempo, como la de los Teatinos, y la de los padres del Oratorio permanecieron estacionadas, la de los Jesuitas alcanzó rápidamente un éxito extraordinario.

Predominaba en ellos la razón y el examen, sobre el sentimiento, y abundaban los hombres de ciencia.

Significaron en el seno de la Iglesia un factor de progreso, representando una corriente moderna, inflexible en el dogma, pero adaptable a la realidad, hábiles y observadores.

Capítulo IV

 

El territorio de misiones

Sus características

l territorio donde habría de constituirse el centro del imperio jesuítico en América del Sur, parecía dar realidad a las leyendas fabulosas que en España y Portugal habían circulado sobre el Nuevo Mundo, al cual se suponía tierra cubierta de fantásticas riquezas fácilmente arrebatables.

El actual territorio de Misiones se abría dócil y generoso a los conquistadores. El clima era agradable y el acceso nada difícil. Las proporciones de bosques, llanura y ríos eran ideales. Tampoco ofrecían mucha resistencia sus naturales.

Hernán Cortés, en México, quemó sus naves y se lanzó a la conquistado un imperio guerrero y dispuesto a defender su suelo. Decidió morir triunfar. Los conquistadores del Perú también debieron enfrentar un imperio poderoso que luchó por su suelo y sus riquezas.

El centro del futuro imperio jesuítico, limitado por la actual laguna de Iberá, en la provincia de Corrientes y los ríos Uruguay, Paraná y Miriñay, es decir, casi exactamente el actual territorio de la gobernación de Misiones, se presentaba acogedor, libre casi de enemigos, como tierra de ensueño. No era necesario ni quemar las naves ni tampoco afilar las armas en exceso.

Su suelo está constituido por un vasto derrame de basalto y otros dos productos que le dan sus características particulares: un ocre ferruginoso, oxidable al contacto con el aire, que toma el tono colorado de la arcilla y que ha dado a Misiones el renombre de su suelo rojo, y un conglomerado que se puede extraer en bloques regulares, conocido popularmente con el nombre de "piedra tacurú", por ser semejante con la estructura de los grandes hormigueros que tienen este nombre.

En los ríos se hallan cantos rodados en los que predomina el cuarzo cristalino. Se suelen hallar también cantos de cornalinas y calcedonias, provenientes del Brasil, que debieron efectuar un largo recorrido para llegar a esas regiones. Las aguas son dulces, faltando casi por completo la sal.

Ese mismo ocre ferruginoso que da al territorio de Misiones su color rojo, es el que forma el suelo de la gran selva americana. De gran permeabilidad, absorbe las aguas y facilita la rica vegetación de la zona. Las lluvias alcanzan a dos metros anuales y a tres algo más al norte.

El aspecto no podía ser más hermoso y tentador para la instalación de colonias, como las que habrían de fundar los jesuitas.

Contrastando con la lista uniformidad de buena parte de nuestro territorio, el suelo es generalmente ondulado, alcanzando en la Sierra Imán, que la atraviesa corriendo paralela al curso de sus dos ríos, alturas de 750 metros.

El bosque no es continuo, pero tan profundamente espeso que su centro está despoblado. La vegetación es tan impenetrable que ni los animales se aventuran. La luz está sólo en lo alto y en su busca van los árboles elevándose a grandes alturas.

Leopoldo Lugones, en su libro sobre las Misiones Jesuíticas que escribiera por encargo del Gobierno nacional, dice de esta región: "Los escasos claros, redondeados por la expansión helicoidal de los ciclones o las sendas que cruzan el bosque, permiten distinguir sus detalles. Admirables parásitas exhiben en la bifurcación de los troncos, cual si buscaran el contraste con su rugosa leña, elegancias de jardín y frescura de legumbres.

Las orquídeas sorprenden aquí y allá con el capricho enteramente artificial de sus colores; la preciosa "aljaba" es abundantísima, por ejemplo. Líquenes profusos envuelven los troncos en su lana verdácea. Las enredaderas cuelgan en desorden como los cables de un navío desarbolado, formando hamacas y trapecios a la azogada versatilidad de los monos; pues todo es entrar libremente el sol en la maraña y poblarse ésta de salvajes habitantes.

Abundan también los frutos y en su busca vienen a rondar al pie de los árboles el pecarí porcino, la avizora paca, el gutí, de carne negra y sabrosa, el tatú bajo su coraza invulnerable, y como ellos son cebo s su vez, acuden sobre su rastro el puma, el gato montés elegante y pintoresco, el aguará con piel de lobo; cuando no, el jaguar, que a todos ahuenta con su sanguinaria tiranía.

"Bandadas de loros policromos y estridentes se abaten sobre algún naranjo entre la inculta arboleda; soberbios colibríes zumban sobre las azahares que a porfía compiten con los frutos maduras; jilgueros y cardenales cantan por allá cerca; algún tucán precipita su oblicuo vuelo, alto el pico enorme en que resplandece el anaranjado más bello; el negro ‘"yucutoro" muge, inflando su garganta que adorna roja gundola; y en la espesura, amada de las tórtolas, lanza el pájaro campana su sonoro tañido.

"Haya en las cercanías un arroyo y no faltarán los capivaras, las nutrias, el tapir que el menor amago se dispara como una bala por entre los matorrales, hasta azotarse en la onda salvadora; el venado, nadador esbelto; cloqueará con carcajada metálica la chuña anunciadora de tormentas; silbarán en los descampados las perdices y más de un yacaré somnoliento yglotón, sentará sus reales en el próximo estero.

"En el suelo fangoso brotarán los helechos, cuyas elegantes palmas alcanzarán metro y medio de desarrollo, ora alzándose de la tierra, ora encorvándose al extremo de un tronco arborescente, con un simetría de quitasol. Tréboles enormes multiplicarán sus florecillas de lila delicada; y la ortiga gigante, cuyas fibras dan seda, alzará hasta cinco metros su espinoso tallo que arroja a la punción un chorro de agua fresca.

"Por el faldeo y las cimas, la vegetación arbórea alcanza su plenitud en los cedros, urundayes y timbúes gigantescos. El follaje es de una frescura deliciosa, sobre todo en las riberas, donde un verdadero muro de altura uniforme y verdor sombrío, que acentúa su aspecto de seto hortense sobre el cual destacan las tacuaras su panoja, en penachos de felpa amarillenta que alcanzan ocho metros de elevación; descollando por su elegancia entre todos esos árboles ya tan bellos, el más clásico de la región, la planta de la yerba, semejante a un altivo jazminero.

"Reina un verdor eterno en esas arboledas y sólo se conoce en ellas el cambio de estación cuando al entrar la primavera se ve surgir sobre sus copas las más eminentes de algún lapacho, rugoso gigante que no desdeña florecer en risa, como un duraznero, arrojando aquella nota tierna sobre la tenebrosa esmeralda de la fronda".

Y más adelante, prosiguiendo con la descripción de esa naturaleza esplendorosa, dice Lugones: "Serrezuelas entre las cuales corren abocinados arroyos clarísimos, que acaudalan con violencia a casa paso las lluvias, figuran en el paisaje como un verdadero adorna formando por enormes ramilletes. Los pantanos nada tienen de inmundos, antes parecen floreros en su excesivo verdor palustre. Los naranjos, que se han ensilvecido en las ruinas, prodigan su balsámico tributo de frutos y flores, todo en uno. El más insignificante manantial posee su marco de bambúes; y la fauna, aun con sus fieras, verdaderas miniaturas de las temibles bestias del viejo mundo, contribuye a la impresión de inocencia paradisíaca que inspira ese privilegiado país.

‘’Reptiles numerosos, pero mansos, causan daño apenas; los insectos no incomodan sino en el corazón del bosque; hasta las abejas carecen de aguijón y no oponen obstáculo alguno al hombre que las despoja o al hirsuto -"tamandua" que las devora con su miel."

En cuanto a la temperatura, es la de un eterna primavera algo cálida.

El suelo, pese a su riqueza, carece de humus, tierra vegetal, excepto en agostas franjas paralelas a los arroyos y en algunos lugares, en forma muy limitada, en los bosques.

Esta falta de humus determina escasez en los pastos y dificulta la cría de ganado, no solamente en invierno sino también en verano. A este factor adverso se agrega la falta casi absoluta de sal que facilita entre los animales la propagación de la sarna, de la tuberculosis y de afecciones intestinales.

En maderas, Misiones es de riqueza extraordinaria. En cuando a los cereales, los jesuítas cultivan trigo en cantidad suficiente para su consumo y el maíz arrojaba dos cosechas anuales. También iniciaron con éxito el cultivo del arroz, no faltando algodón, caña de azúcar, que crecía pródigamente, tabaco que abundaba y naranjos que eran la fruta peculiar.

En cuanto a minerales, además de la piedra "tucurú" utilizada en la construcción, los jesuitas hallaron cobre y en las sierras de Imán hay hierro. Lo que ha permanecido aún en el mundo del secreto es de dónde extraían dichos misioneros la cal con qué blanqueaban sus edificios, ya que este mineral no existe en esa región.

Entre las muchas suposiciones está la de que empleaban la "batatunga", un ocre blanquezco que abunda en el Brasil o que la extraían de caracoles blancos que molían, o bien que la importaban de Buenos Aires. Es también probable que los jesuitas hubiesen descubierto alguna cantera, cuyo paradero permanece oculto.

Pero una de las características de la región en cuanto a su riqueza vegetal es la existencia de la yerba mate, desconocida para los europeos. Oigamos al Padre Jesuita Lozano, uno de los cronistas de la época, la descripción de este vegetal, así como del trato inhumano que recibían los indios:

"Si se mira a la fertilidad que reina, sobresale entre todos los árboles el que produce la yerba que se llama comúnmente del Paraguay, el cual es tan propio de estas provincias que no se hallan en otra alguna; bien que no falta quien diga que se da en otras provincias de América, pero que no goza sus virtudes, porque el milagro por donde se le comunicaron a este árbol, de que hablaré después, no se extiende fuera de las del Río de la Plata.

"Pero sin atender a milagros que en toda buena filosofía no se admiten sin forzosa y urgente necesidad, más fácil fuera decir que aunque se halle en otros países no tienen sus virtudes, porque no concurren allí algunas causas naturales, con o la constitución del cielo o la calidad del terreno, porque a veces las adquieren en las plantas, más por el lugar donde nace que por la especie de que son, variando tanto por estas razones, que lo que en Persia fue mortal veneno, trasplantado a España e Indias es gustoso y saludable alimento.

"Son árboles bien altos, frondosos y gruesos; la hoja es algo gruesa, muy verde y en figura aparece una lengua. El modo de hacer la yerba es cortar los ramos y poniéndolos sobre zarzos lo tuestan a fuego lento; muelen las hojas tostadas a fuerza de brazos, en unos hoyos que abren en la tierra y aforran con cueros, en todo lo cual, es tal el trabajo de los indios, que se resuelven en sudor, porque perseveran todo el día entero en continua acción, muy faltos de alimento, pues no prueban en todo el día el que les ofrece su ventura en algunas frutas silvestres y cuando a la noche cenan tienen tan corto reposo, que dentro de cuatro horas les obligan a levantarse para trasegar a hombros la hoja molida a otros sitios, donde se forman los zurrones de cuero en que se conducen a otras provincias.

"Llamamos a esta penosa labor beneficio y cierto que no sé por qué, pues en el dueño no lo es no lo es porque generalmente es su suerte cual la de los mineros de Potosí y otras partes, que enriqueciendo el mundo con sus afanes y sudores, son por lo común la gente más pobre, cargada de deudas que no les deja convertir en propia sustancia su trabajo. De los indios mucho menos, porque es el medio más idóneo que pudieran haber discurrido los tiranos para destruir el género humano a la nación miserabilísima de los indios. Era la provincia del Paraguay la más poblada de naturales que se había descubierto en la Indias, y hoy está casi desierta, que apenas se hallan sino los de las Misiones que están a cargo de Jesuitas.

"Es ida y vuelta y trabajo de los yerbales suelen emplear los indios dieciséis meses o cuando menos un año; el afán es allá continuo, sin interrupción aun en los tiempos que el sol más abrasa que calienta; el alimento tenue y de poca sustancia por lo que perecen tantos que afirma el venerable padre Antonio Ruiz de Montoya que vio por aquellos bosques osarios bien grandes de indios que dieron por allí, sin ningún alivio, fin a sus desdichas. Con tan larga ausencia no les queda tiempo para atender a sus casa, hacer sus sementeras y criar sus hijos; no pueden cobrar amor a sus consortes y muchísimos desamparan de una vez sus pueblos y se huyen a provincias distantes o entre infieles, para no experimentar tan pesado yugo; de donde los pueblos se fueron disminuyendo de tal forma que hoy desmerecen el renombre."

En lo que respecta al resto de la vegetación, este mismo misionero menciona la riqueza en árboles, entre los cuales cita el cedro, los palmares, el palo blanco, el ceibo, el guayacán o palo santo, los pinos llamados por los indígenas "curiy", el árbol del copal denominado "anguai" y por sus virtudes curativas ïbirá-paye", es decir árbol de los hechiceros, el molle o mulli, cuya fruta madurada los indios echaban en su bebida, el árbol de la goma, el laurel, el paraparay, el mamón, cuya fruta sabrosa alcanza el tamaño de un melón.

La imaginación que estas tierras despertaba en los europeos se pone de manifiesto cuando este cronista sostiene la teoría, sólo posible en aquella época, por el desconocimiento exacto del origen de las especies animal y vegetal, que de la flor del palo santo nacían unas mariposas que eran sus frutos, las cuales al sentir cercano su fin, "se aferran a la tierra introduciendo por ella sus piececillos que con facilidad se convierten en raíces y por las espaldas, entre las junturas de las alas, empieza a brotar el retoño, como otro cualquiera de su propia semilla. Va creciendo y de raíz tan débil va formándose un árbol robusto y muy alto, cosa verdaderamente digna de admiración para alabar al autor de la naturaleza, que de una mariposa inútil que lleva el aire, sabe levantar un árbol tan duro, fuerte y provechoso".

No menos fértil es su imaginación cuando habla de las serpientes. Se refiere en primer término a una que llama "curiju", a la que atribuye la posibilidad de tragarse un venado entero, sin masticarlo. Da también crédito a las fábulas de los naturales de que renacen de sí mismas, seguramente engañado por el cambio de la piel que sufren estos animales.

Ruiz Díaz de Guzmán, otro cronista de la época, sostiene haber visto una serpiente de veinticinco pies de largo, gruesa en su parte media como un novillo. El mismo Padre Lozano decía que existían culebras que se comían a los hombres, y pone como testigo al padre Ruiz de Montoya, quien afirma haber visto a una de ellas comerse un indígena cuya estatura era de dos varas (cada vara mide 83,5 centímetros) y vomitarlo al otro día entero, pero con los huesos tan quebrantados como si lo hubiese molido. Cuando se refiere a los yacarés, afirma que tienen cuatro ojos.

Los Habitantes

Costumbres y Características

Esta zona rica en vegetales y animales, de clima benigno, de aguas dulces y abundantes, estaba habitada por indios guaraníes, agrupados en diversas tribus de costumbres comunes.

Usaban barbote embutiéndose en el labio inferior cuñitas de madera o cristal de cuarzo, se cortaban una falange de los dedos por cada pariente muerto, enterraban a sus deudos con la cabeza sobresaliente del suelo y cubierta por un tazón de barro. En materia religiosa adoraban al sol y a la luna, a los que creían unidos en ‘vinculo nupcial.

Es probable que estas tribus que tenían costumbres y lenguaje semejante, eran restos de una raza guerrera, en disolución en la época de la conquista. De estas tribus las que habían emigrado al norte y mando contacto con la civilización incásica, sufrieron su influencia moderadora y adquirieron algunas de sus costumbres.

La benignidad del clima, la calurosa primavera casi permanente, les permitía ir desnudos. A veces llevaban un casquete adornado con plumas, así como pulseras. Las mujeres usaban un delantalillo y pendientes.

Los guerreros, como símbolo de su categoría, se pintaban el cuerpo con tinturas de tabatinga y almagre y usaban collares de uñas o dientes de animales salvajes.

Sus armas eran el arco y la flecha. También usaban la "macana", pesado garrote que se solía incrustar con trozos agudos de piedras, convirtiéndola en arma aún más temible. Eran valerosos y sufridos, pero carecían de una verdadera organización guerrera.

Vivían de la caza y de la pesca, buscando también ávidamente los panales. Raramente y por corto tiempo acampaban a orillas de los ríos. En estos casos sembraban, haciendo agujeros en el suelo, maíz, papas, mandioca y zapallo.

Construían canoas labradas a fuego en los troncos de los árboles denominados "guabiroba", siendo nadadores y remeros de gran habilidad.

En general eran monógamos. No cultivaban el comercio y eran fácilmente conquistables con decoraciones vistosas. La música los atraía.

Música para la fiesta de San Ignacio.

(Obras de la tradición Jesuítica sudamericana)

En América, durante los siglos XVII y XVIII, la actividad musical se centró en las Misiones Jesuíticas. Cuentan los documentos que los indígenas tenían una sensibilidad especial para la música, de la que se valían tanto para sus acciones guerreras como para sus ceremonias religiosas.

Tenían amplios dotes naturales, así para la música vocal como para el rápido aprendizaje de la construcción y ejecución de instrumentos, enseñados y guiados por los padres jesuitas; eran muy buenos imitadores de cuanto veían y oían.

Los sacerdotes y misioneros de la Compañía de Jesús, conocedores del misterioso poder ejercido por la música en el alma de los hombres, entonaban cánticos espirituales llamando la atención de tropas de indios que acudían a oírlos y aprovechando este especial gusto y sensibilidad, recurrieron a este arte como irresistible argumento de evangelización.

El Papa Benedicto XIV, habiendo tomado conocimiento del grado de adelanto que habían alcanzado las Misiones Jesuíticas en el arte musical, en la Encíclica del 19 de febrero de 1749, expresaba: "…Tomaron ocasión de esto los misioneros, valiéndose de piadosos y devotos cánticos para reducirlos a la fe de Cristo, de suerte que actualmente casi no hay diferencia alguna entre las misas y las vísperas de nuestros países y las que allí cantan."

En cada reducción se estableció una capilla de músicos indios muy bien instruidos.

El material aquí presentado corresponde a la Colección de Manuscritos Musicales del Archivo de la Catedral de Concepción de Chiquitos, Bolivia, y representa parte del testimonio más importante de la utilización de las artes, en especial de la música, en la evangelización de América.

El clima había moderado su carácter. De los arranques violentos pasaban a la depresión. La naturales, de extraordinaria riqueza, habían puesto a su fácil alcance los medios necesarios para vivir. Sobraban alimentos y no les era necesario construir casas para resguardarse de las inclemencias del tiempo.

No se ha podido comprobar que fueran caníbales, tal como lo sostuvieron los primeros conquistadores. Por el contrario, hay documentos fehacientes de su mansedumbre, de su temor por los blancos, de su buena disposición para servirlos, tanto de guías como llevándoles alimento.

Las versiones de su antropofagia y de su ferocidad fueron exageradas, como lo demostró la facilidad con que se los sometió a la vida de las misiones.

Hubo autores que insistieron en el canibalismo de los indígenas del Río de la Plata y del Paraguay. Lo afirmaron los compañeros de Solís, el gran navegante que descubriera nuestro estuario. También lo dijo el Padre Lozano. El marinero Puerto, sobreviviente de la expedición de Solís, sostuvo que los charrúas, a quienes debe considerarse como pertenecientes a la raza guaraní, se habían comido a su jefe.

Idéntica aserción sobre la antropofagia de los indios de esas regiones se encuentra en otros documentos, como en la carta de Pedro Ramírez sobre el viaje de Gaboto al Alto Paraná, y en los trabajos de Schmidel, uno de los cronistas de la época que mejores documentos ha dejado sobre estos temas.

La verdad es que el espíritu guerrero de los indígenas lo provocaba la codicia ilimitada y los malos tratos de los conquistadores. Es por esto por lo que tan mal fin tuvieron los primeros fundadores de Buenos aires y la tripulación del bergantín bermejo, acuchillada por los naturales de la región.

En cambio, Álvar Nuñez, en su largo viaje por tierra, desde Cananea hasta Asunción, atravesando tierras vírgenes para los europeos, recibió buena ayuda de ellos.

Tampoco tuvieron dificultades las múltiples expediciones despachadas desde Asunción para la fundación de nuevas ciudades, ni los audaces conquistadores que desde esta ciudad partieron en busca del Perú.

La verdad es que desde que los conquistadores ponen su planta en el Nuevo Mundo, los acucia el deseo de descubrir oro, arrebatándolo a quienes lo tenían. La explotación inhumana del indígena se convirtió en una norma impuesta por los expedicionarios, contra las mismas disposiciones reales. Este trato despertó el espíritu de rebelión de los indígenas, que defendieron armados su tierra, sus mujeres y su libertad.

La crónica de la conquista es pródiga en luchas contra los indígenas. A veces los españoles se imponían desde el primer momento por el terror. Otras los indios tomaban la iniciativa.

Entre estas rebeliones la más famosa fue la encabezada por Oberá. Este cacique, cuyo nombre significaba "resplandor del cielo", prometió a los indios que los libertaría de la dominación española, presentándose ante ellos como el hijo de Dios, que compadecido de las miserias que azotaban a la nación guaraní, se había hecho hombre para libertar a su pueblo. La principal arma que emplearía en la lucha contra los españoles era un cometa que había aparecido por occidente y que él sostenía haber escondido para abrasar con él a los invasores.

Rápidamente Oberá conquistó adeptos. Pueblos guaraníes enteros, cansados del régimen de esclavitud al cual habían sido sometidos, se ponían a sus órdenes. Pronto, encabezando una gran masa de indígenas, con sus mujeres y sus hijos, buscó poner distancia entre él y los españoles, dirigiéndose al Paraná mientras enviaba a uno de sus jefes, Quirará, en busca de nuevas adhesiones.

No en vano los españoles habían sometido a los indígenas a tal explotación. El verbo de Oberá cundió rápidamente y en corto tiempo no quedaron indios dispuestos a servir a los conquistadores.

Ante la amenaza de una rebelión que día a día tomaba mayores proporciones, Juan de Garay, dejando a Asunción preparada para la defensa, resolvió marchar hacia el norte con ciento treinta de sus mejores soldados, subiendo por el Paraguay y luego por tierra hasta el nacimiento del Iparé, con el fin de cortar el paso a los indios que bajaban para unirse a Oberá.

Fue en este último lugar donde, según cuenta el Padre Lozano, dos jefes guaraníes, Pitum y Coraci, enviados por el cacique Tapuy-Guazú, desnudos y sólo con dardos en la mano, se acercaron a las tropas españolas lanzándoles este desafío:

"Venimos enviados de nuestro cacique a castigar el atrevimiento de haber venido hasta aqueste paraje con tal débil poder. Salga cualquiera de vosotros armado de lanza y escudo, o de espada y rodela, que aunque pudiéramos traer arcos y flacas, cedemos gustosos a esas ventajas, porque es voluntad de nuestro cacique escarmentemos vuestra osadía venciéndolos con esta arma desigual. Y si no queréis medir las armas, midamos siquiera los brazos peleando desarmados hasta decidir el pleito con la muerte de los más cobardes, que sois vosotros. Y si aun esto os desagrada, salgan dos españoles para cada uno de nosotros y sean los más preciados valientes, porque en venceros quede acreditado el valor heroico de los guaraníes."

Fueron dos soldados, Espeluca y Juan Fernández de Enciso, los que, armados de espada, recogieron el reto trabándose en singular combate con los indígenas en presencia de sus compa164eros, venciéndolos y poniéndolos en fuga, según la crónica de dicho padre jesuita. Los dos combatientes guaraníes fueron luego condenados por su jefe a morir quemados por haber huido.

El resultado de este combate fue tan decisivo que, reunidos los jefes que acompañaban a Tapuy Guazú, resolvieron ofrecer la paz a Juan de Garay, abandonando la idea de reunirse con Oberá. De allí, guiado por sus nuevos aliados, marchó el jefe español contra los "taquimirís", a quienes sorprendió y acuchilló. Poco después pudo comprobar que nada tenían que ver los tapuimiríes con la rebelión de Oberá. Tres pueblos más corrieron igual suerte.

Mientras tanto Oberá estaba preparándose para la guerra de Ipanemé, lugar en el cual Guayracá, capitán de sus tropas, había construido un fuerte con torreones. Tenía a sus órdenes dos mil indios traídos por el cacique Yaguatatí. Mil por Tanimbaño. Novecientos por Curapy, famoso por su valor. Doscientos cincuenta por Ibiriyú. Por su parte, Tapucane y Yacaré comandaban trescientos cincuenta cada uno.

El encuentro fue en extremo sangriento, imponiéndose la organización y las armas de fuego de los españoles. Casi todos los jefes indios murieron en la lucha. Oberá pudo desaparecer. Su nombre perduró entre los indígenas como el de una divinidad salvadora.

 

LA CARTA DE GONZALO DOBAS A FELIS DE AZARA(documento)

Para recoger una impresión directa de cómo veían el territorio de Misiones los españoles, es interesante reproducir algunos párrafos de la carta que el Capitán Gonzalo Doblas envió a Félix de Azara sobre las características de la región.

"La temperatura es benigna y saludable, y aunque se distinguen las estaciones de invierno y estío, ni uno ni otro son rigurosos, sucediendo en esta provincia lo que es común a la de Buenos Aires y Paraguay, de experimentarse muchos días de calor en el rigor del invierno y otros fríos en el verano. Es el aire más húmedo que seco a causa de los muchos bosques y ríos y en los pueblos inmediatos a ellos experimentan en invierno frecuentes neblinas que duran hasta los diez días.

Donde has árboles es tanta la espesura desde su orilla y tan cubiertos de maleza, que es muy difícil el entrar en ellos y en los terrenos descubiertos apenas se ve un árbol.

"En estos bosques, así como en los que se hallan en las alturas, como en los valles o quebradas, se encuentran muchas maderas de varias especies a propósito para construcción de embarcaciones, fábricas de casa y muebles; algunas bastante preciosas, que para especificarlas todas se necesita una prolija relación que omito.

"La calidad de la tierra es gredosa, mezclada con cieno o tierra hortense, con mucho esmeril y alguna arena; su color es rojo como la almagra y sólo en algunos bajíos se halla tierra negra.

"El trigo aunque no rinde tanto como en Buenos Aires, con todo se recogen buenas cosechas, siendo por lo regular dar diez por una. El arroz se cría bien y viene con abundancia, el maíz lo mismo y todo cuanto se siembra produce bien.

"Lo mismo sostiene en lo que respecto a la yerba mate y al algodón, así como de la caña de azúcar, el cacao, el añil, las batatas y la mandioca.

"En cuanto a los frutales, destaca la corpulencia de los naranjos y limones, así como la bondad de las vides".

Menciona Gonzalo de Doblas las minas de cobre y de cristal de roca, y la existencia de canteras de piedra para edificar, "muy dóciles de labrar y de mucha consistencia para permanecer".

Señala la falta de sal y de cal y afirma que ésta se puede suplir con caracoles grandes calcinados, método al cual hemos hecho referencia al describir el territorio de Misiones.

Insiste mucho en la bondad del clima, en la inexistencia de insectos parasitarios, en la falta de enfermedades y en la mansedumbre y espíritu de obediencia de los indígenas.

En este territorio de clima acogedor y naturaleza pródiga, libre casi de enemigos, se instalarán los Jesuitas.

El Régimen de las Misiones.

Puesta en sus manos la reducciónI de los indios, los jesuitas apelaron en la mayoría de los casos a un régimen pacífico, designando en cada misión además de un representante del gobierno español, un cacique indígena que daba a los naturales cierta sensación de seguir manteniendo sus propias autoridades.

Conferían a estos caciques el título de capitanes, con mando para la guerra sobre un número determinado de hombres, y ciertos hombres, como por ejemplo: un bastón con puño de plata que podían usar dondequiera que estuviesen y un lugar de preferencia en la iglesia. Estos honores, hereditarios, se transmitían de generación en generación.

 

Las obligaciones fiscales con la Corona fueron reducidas notablemente; consistieron en un impuesto anual de un peso sobre cada hombre de dieciocho a cincuenta años y un diezmo establecido en cien pesos anuales.

 

Este régimen era mucho más favorable que el impuesto a los encomenderos quienes debían pagar un jornal de cuarenta reales mensuales (un real es un cuarto de peseta) a cada indígena y cinco pesos anuales por cada uno de ellos a la Corona.

 

El privilegio concedido a los Padres Jesuitas provocó fuerte resistencia entre los encomenderos, y disputas de las cuales fueron víctimas los indígenas.

 

Pero pese al trato indudablemente superior que imperaba en las misiones y a las ventajas que importaba sobre el sistema de las encomiendas, no todos los indígenas aceptaron esta tutela.

 

Los más rebeldes quisieron mantener su libertad. Así fracasaron las misiones de Baradero y Quilmes, las más próximas a Buenos Aires y las que se intentaron fundar en la Patagonia, hasta donde trataron de extender su influencia los miembros de la Compañía de Jesús, destruídas en una rebelión de los indígenas de esa región.

 

Tampoco pudieron ser dominados los malineyas, los guatas y los ninaguiguilas, tribus de gran belicosidad.

 

Nunca aceptaron el régimen de las misiones los guayanas, que comprendían a todas las tribus no guaraníes, aun cuando eran mansos y vivieron en buenas relaciones con los religiosos, con los que intercambiaban productos. Igual cosa ocurrió con los charrúas, los bugres, los payaguas, los tobas y los mocovíes.

 

Otras tribus como la de los guanás, reclamaron volver a su antiguo estado después de algún tiempo en las misiones, alegando no querer sentir siempre sobre sí la vigilancia de Dios que, tal como ellos habían entendido las enseñanzas de los padres, estaba en todas partes espiando sus actos.

 

Fracasó asimismo después de 17 años de esfuerzos, el intento de someter a los guaycurúes.

 

Pero los jesuitas no solamente apelaron a los métodos pacíficos, a la prédica del evangelio, a las promesas. También lo hicieron a las armas. Bajo su dirección, el cacique guaraní Maracana venció a los caciques rebeldes Taubiú y Atiguaje. También fueron derrotados por las fuerzas de la Compañía de Jesús Yagua-Pitá, Guirá-Vera y Chimboí. Estas victorias dieron fama militar a los misioneros, introduciendo entre los indígenas el temor como nuevo elemento de persuasión.

Algunos jesuitas perdieron la vida, muriendo asesinados los padres González, Mendoza, Castañares, Castillo y Rodríguez, cantidad de muertes insignificante en un medio indómito al que había que dominar.

Instalados ya en su nuevo centro de actividad, la Compañía dedicó buena parte de sus energías a buscar el camino del Atlántico, a través del Brasil, siguiendo la ruta que años antes tomara el conquistador Nufrio Chaves: por el Mamoré y el Marañón.

Este intento provocó un fuerte choque con las colonias de deportados lusitanos y piratas holandeses, que la provincia de San Pablo se dedicaban a la explotación de los indígenas.

Los paulistas, llamados también mamelucos, frente a la amenaza que para ellos representaba la actividad de los misioneros en busca de un camino hasta la costa del Atlántico, decidieron poner límites a dichas actividades por medio de la fuerza. Asaltaron las reducciones de la provincia del Guayrá, las más antiguas, arrasaron las construcciones, mataron a cuantos pretendieron oponérseles y se apoderaron de todo el botín posible. Los jesuitas calcularon en 60.000 la cantidad de indios que se llevaron a sus colonias, dejando un tendal de moribundos por el camino.

Una nueva amenaza de ataque decidió a los jesuitas a abandonar sus 13 misiones en la provincia mencionada.

Bajo la dirección del Padre Montoya, doce mil personas en setecientas embarcaciones emprendieron el camino hacia el actual territorio de Misiones bajando por las aguas del Paraná.

Fue una emigración trágica en la cual sólo la firmeza y el temple del Padre Montoya, hombre de gran prestigio entre los misioneros, pudo evitar desastres mayores.

Los rompientes del río destrozaban las embarcaciones y la peste diezmada a los indígenas, que pagaron un duro tributo a la evacuación de las misiones del Guayrá. No menos que el de los 60.000 naturales arrebatados por los paulistas.

Después de haber tenido que suspender el viaje durante toda una estación acampando a orillas del río y sembrando para mantenerse, llegaron a las reducciones instaladas a orillas del río Yabebirí. Estas reducciones constituyeron el núcleo central del imperio jesuítico en el Paraguay, denominando a las 13 primeras con los nombres de las que habían abandonado en el Brasil.

Sólo treinta años después, florecientes las nuevas reducciones, volverían a buscar la salida por el Atlántico, pero en esta oportunidad a la altura de Porto Alegre.

El progreso de las misiones fue rápido. Todos los productos obtenidos por el trabajo, de los indígenas eran almacenados, encargándose los jesuitas de distribuir lo necesario para la alimentación. El resto era enviado a Buenos Aires, donde tenían establecidas oficinas que eran las que se encargaban de comerciar estos productos.

Los tejidos utilizados eran los de algodón que se hacían en la región. El suelo daba alimentos abundantes. Sólo la sal se traía del Río de la Plata para las viviendas se utilizaban los materiales de la región a los cuales hemos hecho ya referencia. También fabricaban sus armas y la pólvora.

Constituía además una fuente de abundante riqueza la yerba mate y los algodonales.

Doblas, teniente de gobernador del departamento de Concepción, uno de los cinco en que fueron divididas las misiones, calculó que cada pueblo de 1.200 personas dejaba a la Compañía un saldo anual favorable de 30.000 pesos.

Además de la agricultura y de los tejidos, las misiones explotaban la ganadería. Habían conseguido formar grandes rebaños, dedicando algunas de las misiones a su cuidado, mientras otras se especializaban en el algodón y la yerba.

Tenían monopolizado el comercio. Salvo en seis de las misiones que podían comerciar libremente, en las demás todo tráfico de cosas se hacía por intermedio de los padres.

Los indígenas no conocían la moneda. Se reemplazaba ésta por una cantidad dada de productos, que constituía su equivalente. Era también de este modo como se efectuaba el intercambio entre una misión y otra.

Vestían los indios calzón, camisa y gorro de algodón, llevando sobre los hombros el inseparable poncho, el cual en invierno le servía también de manta.

Las indias vestían lo que se llamaba "tipoy", camisa de algodón también, con mangas, larga y suelta, que anudaban a la cintura. Sobre esto iba la pollera.

El uso del calzado era desconocido en absoluto, yendo todos descalzos.

En la comida predominaban los vegetales, especialmente el maíz y la mandioca, que eran servidos abundantemente, y en distintas formas. El primero pisado y mezclado con grasa y queso, cocido al horno en pequeños panecillos, era efectivamente el sustitutivo del pan. Aún ahora se consume en el Paraguay y en el norte argentino y se conoce como antes con el nombre de "chipa". El maíz, ligeramente aplastado en un mortero, y cocido con leche o agua y azúcar es la "mazamorra", y cocido con agua y sal, pero menos espeso que el anterior, se conoce con el nombre de "locro". Fermentado, da la chicha, bebida alcohólica muy apreciada por los naturales del lugar.

En cuanto a la mandioca, era servida ya sea cocida o tostada al fuego. Otras veces se partía en trozos que secados al sol durante varios días eran convertidos luego en harina, mezclados con un poco de agua y calentados sobre el fuego. Formaba esta mezcla una especie de torta conocida con el nombre de "mbeyú", que también reemplazaba al pan.

El otro gran alimento era la yerba, consumida en forma de infusión, bebida directamente de un recipiente formado por una pequeña calabaza vacía, el mate, o sorbida por medio de la bombilla.

Carne se comía poca. Era repartida dos o tres veces por semana, de acuerdo a las reservas de que dispusiera la comunidad, pasando a veces quince días o más sin que la probasen. En algunas reducciones, donde había posibilidad de fabricarlo, se consumía también queso.

Era para exportar todos los productos que obtenían de las reducciones sin dar intervención a Buenos Aires, por lo que durante tantos años, aún después de las sangrientas disidencias con los mamelucos, buscaron los jesuitas una salida directa al mar.

Tuvieron, las Misiones, una independencia casi absoluta, pese a formar parte de la Monarquía Española, cuyas disposiciones y leyes respetaban. El superior de estas reducciones era directamente designado de Roma, residiendo en Yapeyú.

Los obispos en cuya jurisdicción se hallaban ubicadas, no podían intervenir para nada en su vida, ni aún como autoridades supremas de la iglesia para investigar o inspeccionar el cumplimiento de las disposiciones religiosas. Dos obispos tuvieron con los padres Jesuitas incidencias famosas. El Obispo Cárdenas, que fracasó en su intento de visitarlas y el Obispo Antequera, quien finalmente pagó con su vida su lucha contra la Compañía de Jesús. En realidad, Antequera representaba los intereses de los franciscanos, rivales de los jesuitas.

Fueron los padres jesuitas sobrios y disciplinados en un ambiente en el cual había imperado hasta entonces un discrecionalismo absoluto en las costumbres.

No solamente se dedicaron a la organización de los indígenas y a la vigilancia de su trabajo o al cual comercio de los productos que obtenían. Prestaron atención a las investigaciones científicas y a los estudios. Construyeron cuadrantes solares, analizaron la naturaleza de la región, su geografía, su población animal y vegetal, describieron los ríos y las montañas dejando valiosos elementos para su estudio posterior.

En San Miguel, Santa María, San Javier, Loreto y Corpus instalaron imprentas en las cuales se imprimía en lengua guaraní. El primer libro publicado fue Martirologio Romano, aparecido en 1700. Cinco años después, se imprimió, con cuarenta y tres láminas grandes y sesenta pequeñas, Diferencia entre lo temporal y lo eterno, de Nieremberg. Cada pueblo tenía su escuela, donde la enseñanza era impartida en guaraní. Y no fueron sólo los jesuitas los que se dedicaron a la literatura y a los estudios. Hubo entre los indios algunos que demostraron verdadero talento y pudieron ver publicadas sus obras. Así a Nicolás Yapuguay le fueron publicadas dos de carácter religioso, a otro indígena la historia del pueblo de Yapeyú, a un tercero un drama religioso. Hubo entre ellos uno que se dedicó a la cartografía y levantó un mapa de la región.

Además a los que demostraban inclinación a ello, les enseñaban los misioneros mecánica, escultura, pintura, etc. Se fabricaban así en los talleres de las reducciones bargueños, estanterías, puertas y ventanas de hierro forjado o de madera tallada, estatuas, pinturas. Y era tal la habilidad demostrada en estos trabajos, que acudían a adquirir estos objetos los españoles de los pueblos vecinos, quienes muchas veces se los hacían hacer de encargo.

Se trabajaba también el cuero. Se hacían con él arcas, cajas, correas, y era con estas correas con lo que se reemplazaban los clavos, atando fuertemente con ellas lo que se había de clavar.

Organización de los pueblos.

Cada uno de ellos estaba constituido por una plaza de 125 metros de lado, en uno de cuyos costados se levantaba la iglesia, el convento y el cementerio, y en cada uno de cuyos ángulos había enclavada una cruz.

En la plaza desembocaban las calles formadas por dos filas de casas distribuidas en manzanas cuadrangulares. Estas casas eran de una sola habitación con puerta y ventana, y en cuyo frente se levantaba una galería de unos dos metros de ancho, de modo que se podía andar todo alrededor de una manzana sin que el sol o la lluvia molestaran.

Algunas casa eran de sillería, otras tenían además adobe en su construcción; las había también de tapia y de palos y barro.

Se empleaban las piedras de las canteras próximas y las maderas de los bosques que las rodeaban.

Los techos a dos aguas tenían una inclinación pronunciada, para soportar lluvias continuas, y en su construcción se utilizó en primer término la paja, pero como esto dio lugar a que ardieran completamente durante las invasiones de los mamelucos, se hicieron luego de tejas.

El piso era de tierra, salvo las celdas de los padres que estaban embaldosadas. En cada habitación, cuyo tamaño era de cinco metros por cinco, vivía una familia.

Las calles estaban sombreadas por naranjos que daban a la fisonomía de los pueblos un matiz simpático.

Para defenderlos de las incursiones de los mamelucos de San Pablo, se los rodeaba de poderosas tapias o fosos profundos, combinándose en muchos casos ambos medios de defensa.

Estaban casi siempre ubicados en mesetas por razones de vigilancia y de higiene y eran uniformes en su planimetría, para ajustarse a las disposiciones de la Ley de Indias.

Los conventos eran de gran amplitud divididos en dos partes correspondientes a los dos patios. Sobre el primero, de sesenta metros por cuarenta, daban las celdas, generalmente de seis metros por seis, blanqueadas, el depósito, la escuela y la armería. Se comunicaba con el pueblo por caminos subterráneos. También un camino subterráneo conducía a una cripta, en la que se depositaban solamente los restos de los padres jesuitas, la que caía bajo el altar mayor.

Muchas novelas se han tejido con respecto a estos subterráneos en cuya construcción denotaban los jesuitas ser hábiles ingenieros. En realidad, lo más probable es que se utilizasen, tanto en momentos de peligro para poder comunicarse directamente con el pueblo o con la parte exterior, como para poder vigilar a los indígenas.

En el segundo patio estaban los talleres de pinturas, dorado, escultura, fábricas de utensilios en cuerno y madera y en varios casos un taller de relojería. Cada convento poesía además una huerta para proveer de verduras a los padres.

Las iglesias eran suntuosas y amplias, de tres y cinco naves. Buena prueba de esta suntuosidad la dan no solamente la observación de las ruinas sino el hecho de que todavía en 1817, cuando el general portugués Chagas saqueó los pueblos jesuitas de la margen izquierda del Uruguay, obtuvo un botín de 750 kilos de plata, siendo lo más probable que para esa fecha ya los mismos padres hubiesen extraído casi todas las riquezas.

Los indígenas, antes de la venida de los jesuitas, curaban sus males con yerbajos y conjuros, ejerciendo la profesión de médico el brujo de la tribu. Fácil es de imaginar que en estas condiciones las enfermedades y las pestes hacían estragos entre ellos. Los jesuitas establecieron hospitales en cada pueblo, donde con mayor eficacia pudo lucharse contra esos enemigos que en ocasiones devastaban zonas enteras.

Cada pueblo tenía además una casa donde se recluía a las mujeres de vida libre, a las esposas cuyos maridos emprendían largos viajes y a las viudas que así lo deseaban.

Para comunicar sus reducciones, construyeron una buena red de caminos. Abrieron en los bosques "picadas", una de las cuales, de mucha extensión, iba desde Santa María a Mártires y de aquí a Candelaria. Este último tramo tenía más de 60 kilómetros, requiriendo su conservación gran cuidado por la tendencia de la selva a invadir el terreno que le era arrebatado.

Además de esos caminos principales que comunicaban entre sí las reducciones, tenían una extensa red de caminos y sendas secundarias, que llegaban a todos los pueblos y a las estancias.

Para tener agua en forma permanente, cada pueblo poseía piletas y depósitos. En las ruinas de los Apóstoles aun es posible observar una piscina de forma exagonal, cuya base tiene 21,2 metros, 12 en los lados noroeste y sudoeste, 9 en los restantes y 1,35 de profundidad, a la cual dos canales subterráneos conducían el agua de dos manantiales cercanos.

El excedente de agua iba por otro canal a un depósito más pequeño de forma trapezoidal.

No menos hábiles que en la construcción de caminos, subterráneos y depósitos de agua, lo fueron los jesuitas en la construcción de puentes. Sobre el arroyo Chirimay, cuyo cauce normal tiene 15 metros de ancho y 1,5 de profundidad, pero cuyas crecidas son muy peligrosas, quedan restos de uno de ellos.

Tenía una anchura de 4 metros y una longitud de 19. Su altura sobre le nivel común del agua era de 3 metros.

Pero más que puentes, el problema para facilitar las comunicaciones era le paso de los pantanos. Con este fin se construían calzadas de piedra que cumplían suficientemente sus fines.

Hasta se supone, sin que existan datos serios, que iniciaron el drenaje de la laguna de Iberá, para convertir los bañados en tierras de pastoreo.

La población de cada misión se puede calcular en 3.000 habitantes. En Yapeyú, asiento de las autoridades principales, se elevaba a 7.000, y en Santa Ana, a 5.000.

En el año 1743, cuando las misiones alcanzaron su mayor prosperidad, su población total llegó a 150.000.

Para guardar el orden y hacer frente a cualquier ataque, tenían fuerzas propias autorizadas por la Corona. Estas fuerzas estaban especialmente destinadas a hacer frente a los mamelucos.

Eran los mamelucos los principales enemigos, aunque no los únicos. Éstos atacaban las reducciones tanto por la amenaza que significaba para ellos su presencia, de lo que ya hemos hablado, como también con le fin de tomar prisioneros a los indios y venderlos como esclavos no sólo en San Pablo, sino en el vasto mercado que representaba todo el Brasil.

Los otros enemigos a los que tenían que hacer frente eran algunas tribus de indios no reducidos, como los yarás mimanes, mohanes y charrúas, que cuando llegaba la mala época, época de sequías, de hambre, acometían las misiones guaraníes para robarlas. Pero no se contentaban con esto, sino que además asaltaban las capillas y estancias, donde sabían que había indios en pequeño número, los mataban y se llevaban las mujeres y niños.

Generalmente se juntaban en gran número y atacaban por sorpresa. Otras veces se juntaban en bandas de salteadores, saliendo a los caminos a robar y matar, volviéndolos intransitables. En estas ocasiones las tropas guaraníes que les hacían frente eran comandadas por jefes españoles, enviados por el Gobernador de Buenos Aires. Tal lo ocurrido, por ejemplo, en 1701 cuando fue enviado el Maestre de Campo don Alejandro Aguirre. También en 1708, 1714 y años siguientes, fue necesario recurrir a estos procedimientos.

Constituían los guaraníes en cierto modo una avanzada de defensa sobre las fronteras, ya que al defender sus tierras defendían también las fronteras de la provincia, por estar situadas en el límite Oriental. Fueron llamadas las milicias guaraníes algunas veces para ayudar a los españoles de las dos gobernaciones en que estaban, y aún a veces en ayuda de Buenos Aires. Una de las veces que esto ocurrió fue en 1679, en la toma de Colonia.

Se componía esta milicia de infantes y caballería, armados de arcos, flechas, "bolas", que los indios arrojaban con gran habilidad, macanas y hondas, mosquetes, sables, lanzas, rodelas y fusiles livianos para la caballería. Cada pueblo, como se mencionó, tenía su armería y su fábrica de pólvora.

Para la instrucción militar de los indígenas trajeron de Chile padres jesuitas con conocimientos en esta materia. Hubo naturales que obtuvieron el grado de generales de las fuerzas indígenas, como José Tiarayú y Nicolás Languirú. Sobre este último los enemigos de los jesuitas hicieron correr la versión de que estaba destinado por los misioneros de dicha orden a convertirse en rey del Paraguay, separando a esta provincia de la monarquía española.

Había en cada misión centinelas permanentes y un servicio de vigilancia sobre el río Uruguay. Para fines de guerra, cada pueblo poseía además 200 caballos seleccionados.

En cuanto a las autoridades civiles, estaban constituidas por un corregidor, dos alcaldes mayores de primero y segundo voto, teniente de corregidor, alférez real, cuatro regidores, alguacil mayor, alcalde de la hermandad, procurador y escribano. La elección de estas autoridades se efectuaba en la misma forma que la de los cabildos de las ciudades.

Cuando la reducción alcanzaba a estar compuesta ya de ochenta familias, se elegía un Alcalde, si había más de este número se elegían dos, pero aunque el número de familias fuese mucho mayor, más de dos no podían nombrarse.

A medida que el pueblo crecía, aunque no se aumentase el número de Alcaldes, se aumentaba en cambio el de Corregidores, que tampoco debía pasar de cuatro.

Cada tres años se nombraba por Indias un Corregidor español que vivía en el pueblo principal o cabecera, el que tenía atribuciones civiles, militares y judiciales. Cuando las misiones crecieron en importancia se nombró esta autoridad en cada pueblo crecía y al cabo de cinco años debían estar ya provistos.

En general, la justicia era administrada por los padres jesuitas, y para los delitos menores, que eran comunes, el correctivo eran azotes.

Delitos más graves se castigaban con prisión y a veces con expulsión de las reducciones.

Existía también un tribunal integrado por tres misioneros de pueblos vecinos, para dirimir los pleitos sobre inmuebles que en cada uno de ellos podían producirse.

En cuanto a la dependencia de los indígenas con respecto a los padres, era casi absoluta. Pertenecían a la comunidad desde los cinco años. Desde esa edad, su día comenzaba al alba, en que marchaban a la iglesia, de donde una vez oída misa se encaminaban a sus trabajos en el campo o en los talleres.

Se dirigían al trabajo todos juntos, llevando cada día el santo correspondiente, que era el que abría la procesión en medio de los cánticos y coros religiosos, que por otra parte, seguían entonando durante todo el tiempo del trabajo.

El regreso era a las tres de la tarde y, después de una nueva misa, volvían a su casa. Luego, después de unas horas, se daba la señal de la queda después de la cual estaba prohibido transitar por la calle. El que, violando esta disposición, fuera encontrado por los encargados de la vigilancia, era castigado.

Los tres primeros días de cada semana, se había prescrito que los indios trabajasen para la comunidad, en aquellas tareas que los misioneros dispusieran. Los demás días laboraban en sus chacras, siempre bajo la rigurosa vigilancia de los padres jesuitas.

Los niños en las reducciones pasaban poco tiempo en su casa, pues una parte del día la pasaban en la iglesia rezando, otra trabajaban en el campo común donde recogían algodón o maíz, yendo los muchachos y las muchachas en grupos separados. Luego iban a la escuela o los talleres y los que no acudían a uno u otro eran ocupados en trabajos fáciles de cultivo de los campos comunes, así: limpiar la tierra ya removida por el arado, sembrar, arrancar las hierbas, recoger los frutos maduros. Esto para los varones, que al igual que las mujeres no dejaban de estar vigilados en su trabajo por un mayor, que a veces era un padre y otras un indio de confianza.

Las niñas se ocupaban de recoger los capullos de algodón, de espantar a gritos y con mucho ruido las bandadas de loros y otras aves dañinas, y cuando eran ya mayores, hilaban.

Los niños que demostraban capacidad eran instruidos, enseñándoles a leer, escribir y contar. Además de ésta, que venía a ser la instrucción primaria, había una escuela superior donde aprendían canto, música y danza.

Había también una escuela de artes y oficios, de donde salían pintores, escultores, herreros, tejedores, etc.

Los niños se mantenían separados de las niñas hasta que éstas cumplían quince años y aquéllos diecisiete. Entonces era llegada la época en que se trataba de casarlos. La dote que llevaban ambos al matrimonio era más o menos la misma para los dos e igualmente pobre.

Era común que se celebrasen varios matrimonios juntos.

Los guaraníes no conocieron la monogamia hasta la llegada de los jesuitas, pues convivían con varias mujeres, especialmente los caciques y los indios ricos que podían mantenerlas, viviendo todos además e completa promiscuidad.

Los misioneros instauraron la familia monogámica, consiguiendo al cabo de bastante tiempo y con mucha paciencia, que cada indio tuviera una mujer, y ocupase con ella y sus hijos una casa.

Por otra parte, los indios eran admitidos en las reducciones, pero no bautizados hasta que ese requisito no fuese estrictamente cumplido. Las indias eran antes de las misiones, tomadas como mercancía de cambio por el padre o los hermanos que las vendían, entregándolas por un precio convenido al futuro esposo. Éste a su vez podía realizar la misma transacción, con lo que las indias no disfrutaban de ningún respeto ni de ninguna estabilidad, no sabiendo nunca cuál sería su porvenir matrimonial.

Esta condición de la mujer cambió con la llegada de los jesuitas, los cuales al cimentar la familia monogámica, le permitieron tener un hogar.

Historia Activa

El testimonio de un jesuita–maestro: cómo se instruían y trabajaban los jóvenes en una misión.

La distribución cotidiana de todos Los mutates y muchachas, es ésta al oír la campana de las Avemaría, un cuarto de hora después de tocar a levantar Los padres, suenan en la plaza Los tamboriles de Los mutates y sus alcaldes o mayorales, esparcidos por las calles, comienzan a gritar: "Hermanos, ya es hora de levantar ya han tocado a la oración: enviad luego vuestros hijos e hijas a rezar y encomendarse a Dios; no seáis flojos y dormilones; que vengan a la iglesia a oír la Misa para que dios eche la bendición a las labores del día.

A estas voces y al ruido de Los tamboriles van saliendo de sus casas y encaminándose al patrio de la iglesia, a un lado Los mutates y a otros las muchachas. En juntándose, comienzan las oraciones (…)

Acabada la Misa (…) salen Los mutates al patrio de Los padres; vuelven allí a rezar un poco y cantar algunas de sus canciones. (todas estas canciones son en su Lengua), se les del de almorzar. Después, cargan con la comida de medio día, Los peroles para cocerla, Los escardillos para escardillar Los sembrados, que es faena muy frecuente, u otros instrumentos para otros tabajos y una pequeña estatua de san Isidro labrador en sus andas, con su caja para resguardo cuando llueve. Tocan sus tamboriles y flautas y; al son de estos rudos instrumentos, van alegres a su labor que se les manda, con sus alcaldes. Las muchachas hacen lo mismo por otro lado, haciendo otra faena, nunca se junta con Los mutates. Los de leer, escribir, cantar y danzar, van a sus escuelas. Los de danza, tal cual vez, que no es menester tanto ejercicio, y comúnmente es un día a la semana Los que ya saben y en Los restantes van con la turba magna a sus labores. No van con sus padres, porque no saben cuidar de ellos, como lo han mostrado muchas experiencias, y andan vagos y ociosos, sin alimento ni vestido: por esto han tomado estos medios Los padres. Por la tarde tocan una de las campanas de la torre, que ellos llaman Tain Tain, a venir a la iglesia; para lo cual, si están distantes del pueblo, ponen un espía. Vienen con su santo tamboriles y flautas; van de presto a su casa a dejar su poncho de trabajo y se ponen otro mejor para la iglesia. Vienen en verano a las cinco y en invierno a las cuatro; que allí, en este tiempo, no son Los días tan cortos como en España.

Colocados en su lugar, empiezan Los de las más claras voces el Padre Nuestro y demás oraciones, repitiendo todos. Después empieza el catecismo con preguntas y respuestas entre cuatro: y hacen dos coros. Acabado el catecismo, viene un alcalde de Los suyos, que siempre está con ellos, a avisar al padre que ya se ha acabado el catecismo para que vaya a enseñar la doctrina. Al ir a la iglesia comienza a tocar la campana al Rosario, para que mientras dura la doctrina pueda venir el pueblo. Acabada ésta, entra el Rosario y lo demás como se dijo. Van Los mutates al patio: rezen otro poco: dáselas ración de carne, y diciendo a voz en grito todos juntos: Tupá Tanderaaró Cheruba, Dios te guarde, padre mío, se van a sus casas.

José S. Cardiel S. J. Este sacerdote se desempeñó como maestro en una misión. Citado por J. L. Busaniche, Estampas del pasado.

Capítulo V

los últimos años de las misiones.

n 1750 se inició la decadencia de las misiones. Fue el punto de partida de esta decadencia, que finalizó con la expulsión de los padres jesuitas de América del Sur, el tratado de los límites firmado ese año entre la Corona española y la portuguesa.

De acuerdo a sus términos, en compensación de la Colonia del Sacramento, que debía volver a manos españolas, pasaba al dominio portugués el territorio de Río Grande del Sud comprendido entre los ríos Uruguay e Ibicuy, en el cual había siete pueblos jesuitas con 29.191 habitantes.

Se autorizó el traslado de estos millares de indígenas a la orilla occidental del río Uruguay, territorio español, recibiendo en compensación del terreno, las casas y los edificios que deberían dejar a los portugueses, 4.000 pesos por cada pueblo.

Además de los perjuicios que este traslado significaba, los jesuitas sufrieron con él un rudo golpe a sus deseos expansionistas. La salida al mar por Porto Alegre, que habían venido buscando desde su expulsión del Guayrá, quedaba cerrada para siempre.

Desde el primer momento los jesuitas expresaron a las autoridades legítimas su disconformidad con la escasa compensación y el corto plazo que se les concedía para el traslado. Con sus quejas acudieron al virrey de Lima, al confesor del Rey, al monarca y su Consejo, sin obtener satisfacción a sus demandas.

No fue extraño que posteriormente, cuando los indios se alzaron en armas contra el tratado, el marqués de Valdelirios, venido de España para su cumplimiento, y las autoridades portuguesas sostuvieran que los misioneros los habían incitado, aun cuando los jesuitas lo negaron.

Hubo indígenas prisioneros que declararon haber sido incitados por los jesuitas, pero otros afirmaron que se habían alzado en defensa de sus tierras, que les había dado el apóstol Santo Tomé.

Un año después de la firma del tratado se inició la rebelión de los indígenas de las siete misiones afectadas por el traslado.

En 1750, cuando los demarcadores, protegidos por fuerzas militares, llegaron a San Miguel, alcanzó su punto culminante.

Mandados por el general José Tiarayú, lucharon contra las fuerzas españolas y lusitanas durante casi un año. Vencido y prisionero, Tiarayú fue puesto en libertad, organizó nuevamente sus fuerzas y volvió a la lucha hasta que murió en 1576.

Mandados por su sucesor, Languirú, volvieron los indígenas atacar, librándose una sangrienta batalla en Caybaté, en la cual perdió la vida el jefe guaraní. Con esta batalla terminó la guerra, y las tropas hispanolusitanas pudieron ocupar San Miguel y San Lorenzo.

El tratado fue declarado nulo en 1759 por Carlos III, quien enseguida de proclamado rey obtuvo su suspensión. Pero el desbande y la ruina de los siete pueblos jesuitas ya se había producido.

En 1767 los jesuitas fueron expulsados de toda América del Sur.

De esta expulsión dijo un comentarista de la época, Jerónimo Becker: "La expulsión de los jesuitas en 1767 fue el mayor golpe asestado a los indios desde el tiempo de la conquista. En los pueblos de españoles, sus colegios contenían los súbditos del Rey más capaces, industriosos y amigos del orden: historiadores, naturalistas, geógrafos, maestros y ministros espirituales de los pobres y enfermos; en las fronteras fueron los mejores pedagogos y protectores de los naturales y los pilares más firmes de la monarquía. Esta expulsión constituyó también un gran desastre para las misiones y para la influencia europea en las fronteras."

El decreto por el cual se expulsaba a los jesuitas de los dominios de España, fue el siguiente:

"Habiéndome conformado con el parecer de los de mi Consejo Real en el Extraordinario que se celebra con motivo de las ocurrencias pasadas, en consulta de 29 de enero próximo, y de lo que sobre ella me han expuesto personas del más elevado carácter; estimulado de gravísimas causas, relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi Real ánimo; usando de la suprema autoridad económica que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto de mi Corona: he venido en mandar que se extrañen de todos mis dominios de España e Indias, Islas Filipinas y demás adyacentes, a los Religiosos de la Compañía, así Sacerdotes, como Coadjutores o Legos que hayan hecho la primera profesión, y a los Novicios que quisieran seguirles; y que se ocupen todas las Temporalidades de la Compañía en mis Dominios; y para su ejecución uniforme en todos ellos, os doy plena y privativa autoridad; y para que forméis las instrucciones y órdenes necesarias, según lo tenéis entendido y estimaréis para el más efectivo, pronto y tranquilo cumplimiento. Y quiero que no sólo las Justicias y Tribunales Superiores de esos Reinos ejecuten puntualmente vuestros mandatos, sino que los mismos se entiendan con los que dirigiereis a los Virreyes, Presidentes, Audiencias, Gobernadores, Corregidores, Alcaldes Mayores y otras cualesquiera Justicia de aquellos Reinos y Provincias; y que en virtud de sus requerimientos cualesquiera tropa, milicia o paisanaje den el auxilio necesario sin retardo ni tergiversación alguna, so pena de caer el que fuere omiso en mi Real indignación; y en cargo a los Padres Provinciales, Propósitos, Rectores y demás Superiores de la "Compañía de Jesús", se conformen de su parte a lo que se les prevenga, puntualmente y se les tratará en la ejecución con la mayor decencia, atención, humanidad y asistencia de modo que en todo se proceda a mis soberanas intenciones. Tendréis lo entendido para su exacto cumplimento, como lo fío de vuestro celo, actividad y amor a mi Real servicio, y daréis para ello las órdenes e instrucciones necesarias, acompañando ejemplares de este mi Real Decreto, a los cuales estando firma de vos, se les dará la misma fe y crédito que al original. (Rubricado por la Real Mano. En el Pardo a veintisiete de Febrero de 1767. Al Conde de Aranda, Presidente del Consejo.)"

Esta copia del real decreto por el cual se ordenaba la expulsión de los jesuitas del reino de España, está extraída del libro del padre Paolo Hernández, titulado El extrañamiento de los jesuitas del Río de la Plata y de las Misiones del Paraguay por decreto de Carlos III.

Comenzó la expulsión, por la de los padres de los distintos colegios que tenían establecidos en las ciudades más importantes, y siguió luego la de los misioneros.

En ambos casos hubo gran despliegue de fuerzas militares, con el fin, según dice el padre Pablo Hernández, de amedrentar a los numerosos partidarios que tenían en las ciudades y de impedir en las reducciones el levantamiento de los indios.

Tratóse de mantener lo más en secreto posible la orden de expulsión a fin de que se enterasen los interesados sólo en el momento de su ejecución, por temor siempre de las reacciones que podían esperarse. No obstante esto la noticia se había esparcido y un año antes ya se esperaba ese desenlace.

Siguiendo siempre el padre Hernández, vamos a relatar cuál era el procedimiento seguido por las autoridades militares, comisionadas por el gobernador Buccarelli, el mayor enemigo de los jesuitas a estar de lo que dice el autor arriba citado.

Un buen día llegaba de improviso un oficial español al mando de una pequeña tropa y pedía hablar con el jesuita encargado de la misión al que entregaba la orden de abandonarla y entregar al oficial la reducción, las cuentas, y todos los habitantes que en ellas había. Debían asimismo seguirlos hasta Buenos Aires, donde se embarcarían rumbo a Europa. Esto se hizo con todos los padres, sin distinción de edad ni estado de salud. Había algunos tan viejos y otros tan enfermos que no alcanzaron a llegar a destino, muriendo a mitad de camino.

Los indígenas, preparados o no por los jesuitas para la resistencia, trataron de llevarla a cabo por todo los medios, ya sea implorando a los oficiales que no se los llevaran, y sea dejando abandonada la misión. Del padre Hernández que en todos estos casos sólo la gran influencia de los padres podía contenerlos, y que en el caso de un cacique que abandonó con toda su gente la misión, tuvo el jesuita encargado de ella que caminar dos días hasta encontrarlo y a duras penas consiguió convencerlo de que volviera.

En la mayor parte de los casos los jesuitas fueron tratados duramente por los comisionados de Buccarelli, los cuales, una vez que recibían las llaves y los libros, los dejaban encerrados en una pieza hasta el momento de partir. Otro hubo, en cambio, que los trataron más humanamente, lamentando verse obligados a cumplir con esa comisión.

Una vez en Buenos Aires, fueron los misioneros encerrados en conventos y privados de todo contacto con el mundo exterior. No podía llegar a ellos nadie ni nada de afuera, bajo graves penas. Hasta estaban privados de celebrar misa al principio. Esto luego fue derogado.

Esperaron así seis meses hasta que llegó el barco que los llevaría de nuevo a tierras de Europa. Salieron de Buenos Aires para ir a Italia o a Alemania.

Expulsados los jesuitas, se trató de mantener el régimen de las reducciones, nombrando para administrarlas empleados civiles y para los asuntos religiosos a sacerdotes de las comunidades de San Francisco, Santo Domingo y La Merced.

Ni los empleados ni los religiosos conocían a los indios, se lenguaje y sus costumbres, así como tampoco el régimen económico de las mismas.

Una mala administración en la cual no se ponía interés alguno de conservación, fue minando la riqueza de las misiones.

El establecimiento de españoles en los pueblos que componían las misiones trajo frente al ejemplo de sobriedad y trabajo que habían dado los jesuitas, el de los vicios y malos ejemplos de muchos de ellos, lo que desmoralizó a los indígenas y los empujó a volver a sus antiguos hábitos.

El ganado comenzó a mermar y los yerbales a desaparecer por la falta de reposición. Los indios volvían a su vida nómada.

Los algodonales fueron también destruidos, terminando así lo que constituía la riqueza de las misiones.

A los diez años de la expulsión, los habitantes habían disminuido en una octava parte y treinta años después a la mitad.

La pobreza obligó a los indios a descuidar la vestimenta a la que se habían ya acostumbrado y andaban sucios y rotosos.

Las casas fueron destruyéndose sin que nadie se ocupara de repararlas.

La disminución se operó de acuerdo al siguiente gráfico:

Al ser expulsados los jesuitas se puede calcular la población en 88.864 indígenas; en 1772, 80.352; en 1785, 70.000; en 1797, 54.388, y en 1801 42.885. Un censo efectuado en 1814 arroja 21.000 indios para un total de 23 pueblos, calculándose en otros 7.200 los que habitaban en los siete pueblos que tomaron los portugueses.

En cuanto al ganado, sufrió una disminución semejante. A los cuatro años de la expulsión de la Compañía de Jesús, había quedado reducido en una cuarta parte.

La miseria progresiva que fue envolviendo a las misiones se pudo apreciar ya en 1776. Los pueblos tenían en esta fecha muy escasos recursos. El algodón y los yerbales estaban desapareciendo. El administrador general, Cassero, decía en un informe: "En poco tiempo, abandonada la industria y la agricultura, consumieron lo que con desvelo adelantaron sus antecesores, destruyeron las estancias de ganado, se aniquilaron los yerbales de cultivo."

De este desastre daba también cuenta el virrey Vértiz en 1784, lamentando que las misiones tuviesen en caja un déficit de 67.000 "sin embargo de toda aquella exactitud y diligencia de los ex jesuitas."

El afán de encontrar los tesoros que, según se decía, esta Orden había acumulado, contribuyó con excavaciones, que se iniciaron febrilmente, a convertirlas en ruinas, sin que el ansia de los buscadores se viese recompensada.

En 1803 el gobernador Velazco abolió el régimen de comunidad que imperaba en las reducciones.

En el año de 1801, comenzó el desmembramiento de las misiones. Declarada en ese año la guerra entre España y Portugal, aprovechó el Gobernador de Río Grande la ocasión para arrojarse sobre las codiciadas posesiones españolas de la Banda Oriental del Uruguay. Peleaba en las filas portuguesas un bandido de nombre Canto, el cual al frente de solo cuarenta hombres se presentó en San Miguel, donde estaba guarnecido el Teniente de Gobernador Rodrigo, y promoviendo la deserción de los guaraníes que estaban descontentos de la mano excesivamente dura del Teniente lo rodeó e hizo que éste capitulara, y entregara la plaza. Al poco tiempo se entregaron otros seis pueblos. Y así una vez firmada la paz entre España y Portugal, quedaron en posesión de esta última siete misiones uruguayas. Los portugueses hicieron a los indígenas aún más duras las condiciones de vida, y éstos continuaron desbandándose.

La segunda separación tuvo lugar entre los años 1810 y 1811 cuando, separándose la Argentina y el Paraguay de la metrópoli, dejaron fijado qué pueblos pertenecían al uno y al otro.

Al estallar la Revolución de Mayo, los indígenas vivían en montoneras, no quedando ningún resto de su antigua organización.

Todavía el nombre de los guaraníes volvió a agitarse cuando Artigas, para luchar contra los portugueses, armó una montonera a cuyo frente puso al indio Andrés Tacuarí, más conocido por Andresillo.

Era éste Andresillo, un indio de una vivacidad tal y demostraba tan grandes cualidades, que admirado Artigas de ellas y como fuera huérfano, lo adoptó y lo nombró Capitán General de Misiones.

En 1815 formó Andresillo por orden de Artigas un pequeño ejército de guaraníes y al frente de 250 de ellos tomó al Paraguay los pueblos de Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio Miní y Corpus.

Alentados por este éxito quiso repetirlo el año siguiente con las misiones que fueran arrebatadas por los portugueses. Esto siempre bajo las órdenes de Artigas.

Se hizo preceder por una proclama a los indígenas de los pueblos sojuzgados, exhortándolos a sacudir el yugo portugués, y prometiéndoles que si combatían a su lado no dependían ni de españoles ni de portugueses, sino que serían libres y se gobernarían a sí mismos.

Produjo esto un efecto enorme entre los indios, tanto que no sólo consiguió formar con los que acudieron, un gran ejército, sino que incluso el regimiento de Milicias Guaraníes que habían puesto los portugueses para custodiar la frontera se pasó casi totalmente a sus filas.

Formó un ejército de 2.000 hombres, comenzó su expedición con muy buena fortuna: destrozó toda la guardia brasileña de Itaquí por donde cruzara y dispersó luego una avanzada de 300 hombres a caballo que enviaron los portugueses para hacerle frente. Puso sitio a San Borja, capital de las misiones brasileñas, donde se encontraba el general Chagas. El sitio duró diez días, e iba ganando poco a poco todas las disposiciones, hasta que el último día en que debía dar la batalla decisiva, recibieron los portugueses, sin que Andresillo pudiera impedirlo, un fuerte refuerzo que hizo posible su derrota.

Derrotados, la represión fue terrible. El marqués de Alegrete y el general Chagas asaltaron los siete pueblos argentinos donde Artigas había organizado las montoneras y los incendiaron. Los restos de las construcciones jesuitas desaparecieron bajo el fuego.

Antes de incendiar estos pueblos, Chagas efectuó un saqueo minucioso, llevándose todos los objetos de valor, las imágenes, las campanas de las iglesias y los objetos de plata. De este metal recogió 750 kilos.

Al tener noticias de la feroz destrucción llevada a cabo por los portugueses en las misiones, Francia, que el año anterior se había hecho reconocer como soberana perpetua, hizo pasar sus tropas a las cinco misiones que le fueran arrebatadas al Paraguay y llevó a cabo una acción semejante, ya sea a fin de quedar bien con los portugueses, ya por vengarse de Artigas.

La lucha, sin embargo, no había terminado. Mientras Chagas se tomaba tan terrible venganza, Andresillo reorganizó.

Por tercera vez el general portugués y el jefe indígena se encontraron en San Carlos. Esta vez Chagas era el sitiador y Andresillo el sitiado. Después de terribles combates, la plaza fue tomada por los lusitanos, pero el valeroso cacique guaraní se abrió paso sable en mano a través de sus enemigos rodeado de unos pocos adeptos.

La carrera de Andresillo no había aún llegado a su fin. Consiguió reunirse con Artigas y entendiéndose con él y con el caudillo entrerriano Ramírez, este jefe indígena que se estaba convirtiendo en una pesadilla para los portugueses, inició una acción contra Porto Alegre, tomando de inmediato el pueblo de San Nicolás.

Finalmente, vencido y hecho prisionero, fue llevado a Río de Janeiro, en cuya cárcel falleció.

Fue Andresillo el último de los grandes jefes guaraníes, el continuador de la tradición de Oberá, Tiarayú y Languirú. Al colocarse junto a Artigas luchó por la libertad y la independencia de sus pueblos, interpretando las aspiraciones de los demás indios, que lo siguieron en la lucha y en la muerte, volviendo a la vida nómada los que le sobrevivieron.

En Paraguay, dentro del mismo régimen de las misiones, los indios entraron a trabajar para el gobierno en el año 1823, hasta que el general López abolió definitivamente ese sistema en 1848.

Al ir huyendo de las misiones sus habitantes indígenas, fueron estos pueblos quedando abandonados, pero con el tiempo fueron poblándose algunos de nuevo, por los españoles esta vez y adquiriendo y conservando su aspecto del pasado. Otras quedaron definitivamente despobladas, dejando apenas como recuerdo de su existencia, las ruinas de sus casas e iglesias.

La Expulsión de los Jesuitas: Impresiones de un Testigo (1767)

Los jesuitas son detenidos en todas las ciudades españolas

Las órdenes del Rey se ejecutaron con la misma facilidad en todas las ciudades. En todas partes lo jesuitas fueron sorprendidos, sin haber tenido el menor indicio, y se puso mano sobre sus papeles. Se les hizo bien pronto partir de sus diferentes casas, escoltados por destacamentos de tropas que tenían orden de tirar sobre los que intentaran escaparse. Pero no hubo necesidad de llegar a este extremo. Dieron muestras de la más perfecta resignación, humillándose bajo la mano que los castigaba y reconociendo, decían que sus pecados habían merecido la pena con que Dios les castigaba. Los jesuitas de Córdoba, en número de más de ciento, llegaron a fines de agosto a la Ensenada, donde se les reunieron, poco después, los de Corrientes, Buenos Aires y Montevideo. Fueron enseguida embarcados y este primer convoy aparejó, como hemos dicho ya, a fines de septiembre. Los demás, en tanto, estaban en camino para llegar a Buenos Aires a esperar un nuevo embarque.

Llegada de los caciques y corregidores de las Misiones a Buenos Aires.

Se vio llegar, el 13 de septiembre a todos los corregidores y un cacique de cada pueblo con algunos indios de su séquito. Habían salido de las Misiones antes de que se supiese por qué se les hacía llamar. La noticia, que supieron en el camino, les hizo impresión; pero no les impidió continuar su marcha. La única instrucción con que los curas hubiesen previsto al partir a sus queridos neófilos, había sido no creer nada de todo lo que les dijese el Gobernador General, "Preparaos, hijos míos, les habían dicho, a oír muchas mentiras". A su llegada, se les condujo en derechura al Gobierno, donde yo estuve presente a su recepción. Entraron a caballo en número de ciento veinte y se formaron en media luna, en dos filas: un español, sabedor de la lengua de los guaraníes, les servía de intérprete.

Se presentan al Gobernador General.

El Gobernador apareció de un balcón; les hizo decir eran bienvenidos, que fuesen a descansar y que les informaría del día en que resolviese significarles las intenciones del Rey. Añadió sumariamente que acababa de sacarlos de la esclavitud y de ponerles en posesión de sus bienes, de que hasta el presente no habían gozado. Respondieron con un grito general, alzando la mano derecha hacia el cielo y deseando mil prosperidades al Rey y al Gobernador. No parecían descontentos, pero era fácil distinguir en sus caras más sorpresa que alegría. Al salir del Gobierno, se les condujo a una casa de los jesuitas, donde fueron alojados, alimentados y mantenidos a expensas del Rey. El Gobernador, al hacerles venir había llamado en persona al famoso cacique Nicolás: pero escribieron que su mucha edad y sus achaques no le permitían moverse.

A mi partida de Buenos Aires, los indios no habían sido llamados todavía a la audiencia del General. Quería dejarles tiempo para aprender un poco la lengua y conocer la manera de vivir de los españoles. He estado varias veces a verlos. Me han parecido de un natural indolente y les encontraba el aire estúpido de animales cogidos en una trampa. Me hicieron notar que se decían muy instruidos; pero, como no hablaban más que la lengua guaraní, no puede apreciar el grado de sus conocimientos; únicamente oí tocar el violín a un cacique que se nos aseguraba ser un gran músico: tocó una sonata y creí oír los sonidos rutinarios de aristón.

Bougainville de, L.A. (1729-1814). Viaje alrededor del mundo

Resultados de la obra misionera: la transculturación del indígena.

El mantener a una comunidad indígena en permanente actividad productiva, no era una tarea fácil. Los guaraníes, acostumbrados al seminomadismo, a la práctica de una primitiva agricultura, a la caza y a la pesca, estaban habituados a procurarse nada más que lo necesario para el sustento diario; por lo tanto, les era extraño el concepto de producción y de ganancia. Los jesuitas debieron, pues, inculcarles el concepto de desarrollo económico, pero para ello no apelaron a medidas coercitivas, sino que se predicó con el ejemplo recurriéndose a una paciente explicación.

La labor cumplida por las misiones se tradujo en meritorios resultados: los indígenas aprendieron a trabajar la tierra, muchos jóvenes fueron iniciados en la práctica de artesanías (carpintería, herrería, platería, albañilería). Las mujeres, por su parte, aprendieron a hilar el algodón, dedicándose en especial a la tejeduría, en tanto que el trato apacible y humanitario, se mantuvo alejado del desmedido afán de lucro que caracteriza a las encomiendas.

La instrucción tampoco estuvo ausente: en cada misión jesuítica se instaló una escuela para iniciar a los indígenas en la lectura y escritura; y otra para orientarlos en la enseñanza de la música y el canto. Para ello, los padres misioneros debieron aprender la lengua guaraní —convertida prácticamente en idioma oficial— al tiempo que trataron también de difundir el idioma castellano entre los naturales.

Hubo indígenas que demostraron una especial aptitud para los trabajos artísticos —pinturas, tallas, esculturas—, muchos de los cuales se conservan. En tales casos, los misioneros supieron alentar esas vocaciones que se tradujeron en obras consagradas por lo general al culto y al adorno de las iglesias.

Las misiones también utilizaron la imprenta. Cuando en Buenos Aires y otras ciudades importantes aún no se practicaban las artes gráficas, algunas misiones imprimían sus propios libros —catecismos en idioma guaraní–castellano, diccionarios, gramáticas, obras de carácter religioso— destinados a adoctrinar a los naturales.

La concentración indígena en las misiones atrajo la codiciosa atención de aventureros (como los bandeirantes portugueses provenientes de San Pablo) que caían sobre ellas con la intención de capturar indios para venderlos como esclavos. Frente a tal actitud las misiones debieron defenderse y en 1641 los guaraníes, dirigidos por los misioneros, obtuvieron la victoria de Mbororé tras una sangrienta batalla librada contra centenares de bandeirantes. Por su parte, la Corona dictó una Real Ordenanza (1649) autorizando a las misiones a organizarse en milicias y a adiestrar a los naturales en el manejo de las armas para hacer frente a las constantes amenazas.

Conclusión:

Hemos llegado al final de este trabajo. Como pudimos ver a lo largo de estas páginas los jesuitas fueron de mucha importancia para la colonización de nuestro territorio ya que con sus reducciones lograron hacer buenos asentamientos.

En ellos enseñaron a los indios cómo trabajar para construir mejores casas, para tener buenas cosechas, para saber cuidar el ganado y para muchas otras cosas muy importantes. Les enseñaron cómo llevar una vida como la que Dios nos manda.

Logramos conocer, en el trabajo, muchas de las cosas que los jesuitas les enseñaron hacer a los indígenas; pero más allá de darles "tecnicismos" le trajeron la palabra de Dios y les trataban de enseñar lo mejor que podían a que la entiendan, ya que como sabemos, ellos poseían grandes diferencias culturales y una de las más difíciles fue haber aprendido hablar el idioma guaraní para poder comunicarse de la mejor manera posible.

Es una lástima que les hayan impuesto que debían dejar de

Biografías Funcionales

Biografía Funcional de:

Nacimiento: Loyola nació en el año de 1491 en el castillo ancestral de la familia en Azpeitia (Guipúzcoa) y de joven fue paje en la corte de Fernando el Católico, rey de Castilla.

Muerte: murió en Roma el 31 de julio de 1556. Ignacio fue beatificado por el papa Paulo V, el 27 de julio de 1609, y canonizado por Gregorio XV el 12 de Marzo de 1622. Su cuerpo fue sepultado debajo de un altar del templo del Gesú, en Roma. Aunque murió al cabo de solo dieciséis años de fundada la Compañía, esta Orden contaba ya unos 1000 miembros y cien casas de distribuidas en 10 provincias.

Familiares: Fue el último de los hijos de Beltrán Yañez de Oñaz y Loyola y de doña Marina Sáenz de Licona y Balda. En la pila bautismal se le puso el nombre de Iñigo, que después había de cambiar por el de Ignacio, nombre que aparece por primera vez en 1537, y desde esta fecha figuran los dos nombres indistintamente hasta 1542, en que desaparece el de Iñigo para no figurar ya más que una vez en 1546.

Estudios: Ignacio de Loyola se educó en Arévalo en casa del noble caballero Juan Velázquez de Cuéller, contador mayor de los Reyes Católicos. En su juventud y antes de 1515 recibido la tonsura eclesiástica sin que se sepa dónde y cuando la recibió ni cuando y porqué fue relevado de las obligaciones inherentes a esta orden sagrada. Lo que sí consta es que estuvo en la corte de España y que hizo la carrera militar a las órdenes del duque de Nájera, Antonio Manrique, virrey de Navarra, en cuyo servicio dio muestras de grandeza de ánimo y liberalidad en cierta ocasión que las fuerzas del duque tomaron a Nájera y la saquearon, y aunque él pudiera mucho tomar de la presa (son palabras de uno de su biógrafos), le pareció caso de menos valer, y nunca cosa alguna quiso de ella. También dio muestras en muchas cosas de ser ingenioso (prosigue el mismo autor) y prudente en las cosas del mundo y de saber tratar los ánimos de los hombres, especialmente en acordar diferencias o discordias; y una vez se señaló notablemente en este siendo enviado por el virrey de Navarra a procurar de apaciguar la provincia de Guipúzcoa, que estaba muy discorde, y tuvo tan buen modo de proceder que con mucha satisfacción de todas partes, los dejó concordes. Lo que no se sabe si Ignacio de Loyola fue en su niñez paje de los Reyes Católicos. Según el padre Antonio Astrain, ningún documento contemporáneo lo insinúa; el padre Maffeo fue el primero en afirmarlo en el capítulo primero de su vida del santo, impresa en 1585; pero en un ejemplar de dicha obra que se conserva anotado por el padre Ribadeneira, el primer biógrafo de san Ignacio de Loyola, escribió al margen este historiador: "Da a entender (el padre Maffeo) que fue paje del rey, y no lo fue sino de Juan Velázquez, su contador mayor, y hay hoy muchos que lo saben, y algunos que se acuerdan de ello.

Determinó emprender los estudios, luego de su accidente, a fin de hacerse más apto para ayudar a sus prójimos, empezó estudiando el latín con los muchachos de la escuela, y en 1526 había ya hecho los progresos necesarios para comenzar a cursar filosofía, para lo cual partió a Alcalá de Henares, desde donde a fines de 1527 pasó a Salamanca de allí a París (junio de 1528), en cuya Universidad repitió el curso de antes, obteniendo el grado de Magister artium el 14 de marzo de 1535. Entre tanto había dado comienzo al estudio de la teología y licenciándose en esta facultad en 1534. Su estancia en París fue para Ignacio de Loyola una escuela de ejercicios de obras de caridad y de celo por la disciplina escolar, habiendo sufrido por este motivo duras persecuciones.

Grupo social al que pertenecía: Militar español y más tarde sacerdote.

Cargo Público: Ignacio recibió las órdenes menores el 10 de junio, el subdiaconado el 15; el diaconado el 17 y; por fin, el presbiterado el 24, de 1537.

Colaboradores: . Entabló amistad con algunos estudiantes, entre ellos padre Fabro, saboyano; Francisco Javier, navarro; Diego Laínez, Alonso Salmerón y Nicolás Bobadilla, castellanos, y Simón Rodríguez; portugués; luego se le juntaron otros tres, Claudio Le Jay, saboyano; Juan Codure y Pascasio Broet, franceses.

Actividad pública: Entre las obras que llevó a cabo el santo en Roma, las que realizó con mayor cariño, según se ve por su correspondencia, fueron la fundación del Colegio Romano (1551) y del Colegio Germánico (1552), habiendo hecho para las mismas toda clase de sacrificios. El éxito de la primera de estas dos instituciones se aseguró con la generosa esplendidez del duque de Gandía, virrey de Cataluña, que luego abrazó el instituto de la Compañía, y en ella terminó sus días, mereciendo el honor de los altares, con nombre de san Francisco de Borja. La fundación del Colegio Germánico atravesaba aún un período de luchas y dificultades al morir Ignacio; pero el resultado posterior probó a las claras la viabilidad y utilidad del plan que el santo había concebido.

Ideología: La vida de Ignacio durante su juventud hasta caer herido en Pamplona e iniciarse el proceso de su conversión, fue la común y ordinaria de todos los jóvenes militares de su época. Sobre esto, empero, se carece de pormenores, y, además, hay gran contradicción entre los que escribieron de san Ignacio de Loyola; sin embargo, consta que a su conducta ligera unía grandes virtudes naturales: como soldado, era valeroso y esforzado; como caballero, cumplidor fiel de todos los deberes de su clase, y como cristiano y católico, en varias ocasiones dio a entender que era hombre de convicciones religiosas muy arraigadas y que profesaba especial devoción a la Virgen Santísima y al Príncipe de los Apóstoles.

El grande y complejo carácter de san Ignacio de Loyola, cuyas características fueron: una gran firmeza y decisión reguladas por la razón y el deber; un valor a toda prueba, una gran constancia, la sencillez informada por la prudencia, la humildad y al amor al prójimo. La concepción protestante y la jansenista de Ignacio de Loyola, que hacen de él un hombre insaciable, inquieto y pragmatista, no guarda relación alguna con la apacibilidad y activa, pero suave firmeza, que caracterizaron al hombre en la vida real. Que fue un hombre intensamente disciplinado, no hay lugar a dudarlo, y esta cualidad era innslable, tratándose de una institución joven y que crecía con gran pujanza; pero aunque tenía gran fe en la disciplina como factor educativo, subordinaba los motivos encaminados a la acción, al puro amor de Dios y del prójimo. Estudiando a Ignacio de Loyola como gobernante fue cuando Francisco Javier comprendió e hizo propio el principio de que la Compañía de Jesús se había de llamar "la Compañía del amor y de la conformidad de las almas".

Valoración: Son indudables los numerosos talentos que Ignacio poseía desde su juventud. Dios quiso que él mismo los descubriera y que encontrara el camino donde ponerlos en práctica. Su accidente significó un cambio radical. Gracias a este, se puso al servicio de la Iglesia y de la humanidad entera y a través de su ejemplo propagó el Evangelio y la alegría de vivir como cristiano. Su fe, su coraje y su empeño por enaltecer a Cristo, lo llevó a fundar la Compañía de Jesús, institución que, a través de sus seguidores, hizo de pueblos indígenas, carentes de religión, verdaderas comunidades y demostraron ser, tras las advenientes persecuciones, incansables voces sedientas de proclamar la Verdad, sin importar dar la vida por defenderla.

Fuentes:

  • Enciclopedia Encarta’97.
  • Astrain, Historia de la Compañía de Jesús, en la Asistencia de España, Tomo 1: San Ignacio de Loyola pág. 1540-1558, Madrid 1902.
  • Bartoli, Della vita di San Ignazio (Roma,1650).
  • Estudio crítico y documentado de los hechos ignacianos relacionados con Montserrat, Manresa y Barcelona (Barcelona,1922).
  • Vida del padre Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús (1º edición, en latín, Nápoles, 1572; edición castellana, Madrid, 1583).
  • Diccionario Clarín.
  • Diccionario Enciclopédico Larousse.

Biografía Funcional de:

Nacimiento: Nació en el castillo de Javier en1506. Último vástago de loas castellanos de Javier, fue sexto hijo, que vino al mundo el martes Santo, 7 de abril de 1506, recibiendo en el sagrado bautismo el nombre de Francisco.

Muerte:

Glorificación del apóstol (muerte de Francisco Javier)

Muerto el santo padre, Antonio de Santa Fe amortajó el cadáver, lo encerró en una caja de madera, y a fin de que consumiéndose más fácilmente las carnes se pudiesen después trasladar mejor los huesos, echó dentro buena cantidad de cal, y así fue sepultado el 4, después de mediodía, y allí estuvo hasta el 17 de febrero del siguiente año, en que el capitán de la nao Diego Pereira mandó desenterrarlo para llevarlo a Malaca, siendo hallado entero y sano. Sabido en Malaca que venía el cuerpo del santo padre Francisco de Javier entero e incorrupto, su devoto amigo Diego Pereira mandó apercibir gran cantidad de cera y disponer un solemne recibimiento, como se ejecutó a la mañana del día siguiente de la llegada, siendo conducido procesionalmente a la iglesia de la Compañía de Jesús, de donde por agosto fue nuevamente desenterrado para ser llevado a la iglesia del Colegio de San Pablo de Goa. El solemnísimo y piadoso recibimiento que se hizo entonces al santo cuerpo fue el comienzo del maravilloso culto con que así en las Indias como en las demás partes de la cristiandad fue venerado el apóstol de las Indias y del Japón. Su culto se propagó mayormente después de beatificado por Paulo V (25 de octubre de 1619) y canonizado por Gregorio XV (12 de Marzo de 1622), a lo cual contribuyó poderosamente el celo del venerable padre Marcelo Mastrilli, quien curado milagrosamente en Nápoles el 3 de enero de 1634, por intercesión de san Francisco de Javier, acostumbraba a recurrir a su valedor en sus necesidades y recomendaba a los demás hiciesen lo mismo; y como el santo respondiese con abundantes favores a la confianza de sus devotos, empezó a llamarse Novela de la Gracia la que viene celebrándose desde el 4 al 12 de marzo (aniversario de su canonización) en gran número de iglesias de todas las partes de la cristiandad con gran concurso y provecho espiritual de fieles, para cuya mayor difusión los Soberanos Pontífices la han ennoblecido con el tesoro de indulgencias. Su última forma fue aprobada y enriquecida con nuevas indulgencias por Pío X el 23 de marzo de 1904.

Ha fascinado al pueblo cristiano aquel prodigo de santidad, aquel heroísmo, aquel maravilloso celo acompañado de los más extraordinarios carisma de su apostolado; por esto las multitudes se agolpan en grandes peregrinaciones alrededor de su cuerpo incorrupto, conservado en el Jesús de Goa en la magnífica urna de plata debida la primera al reconocimiento e iniciativa del padre M. Mastrilli y la actual mas rica que aquella a la piedad del Gran Duque de Toscana, que le costeó a fines del siglo XVII, y con ocasión del tercer centenario de la canonización, su brazo trasladado del Gesú de Roma a Javier, fue paseado en prodigioso triunfo por España e Italia, obrando no solo numerosos milagros de orden sensible, sino lo que es mas maravilloso, la inaudita conmoción espiritual de entusiasmo de piedad y de señaladas conversiones, según relata la prensa, especialmente local, de los lugares por donde pasó la sagrada reliquia. A san Francisco se ha atribuido por algunos el conocido soneto: "No me mueve, mi Dios, para quererte…"(que otros atribuyeron a santa Teresa de Jesús y otros a fray Pedro de los Reyes). Realmente existen razones a favor de tal paternidad, que expone eruditamente el jesuita D. Restrepo, en Raza Española. Tribuna hispanoamericana (Madrid, 1919), examinando los fundamentos en pareceres de otros autores, como ‘Foulché-Delbosch, el jesuita húngaro Drébitka y el literato mejicano Alberto María Carreño. De todo ello deduce Restrepo que si san Francisco no es el autor, por lo menos le corresponde probabilísimamente el honor de haberlo inspirados por medio de un cántico o himno portugués compuesto por él, que después tradujo al latín el jesuita Possino en el ritmo.

Familiares: don Juan de Jassu y doña María de Aspilcueta

Estudios: De la educación e instrucción que el niño Francisco recibiría en el castillo de Javier, sólo nos es dado conjeturar por el piadoso ambiente que en él se respiraba y por la noble tradición de tan ilustre casa. Por lo que creemos que en el mismo, junto con las primeras ideas religiosas infundidas en la infancia por su piadosos madre, también aprendería las primeras letras, y por ventura en Sangrase, latín y humanidades. Huérfano de padre desde los nueve años, subyugaba su patria a la ambición de Fernando, un año después de la capitulación de Fuenterrabía, en Setiembre de 1525, consintió su madre que se dirigiera a París para buscar en la carrera de las letras la gloria y honroso porvenir que a sus hermanos había negada la de las armas.

Los estudios en París (1525-1535). Con altas pretensiones llegó Francisco de Javier a París el 1º de Octubre, instalándose en calidad de interno en el colegio de Santa Bárbara. Comenzó por el repaso de las humanidades (1525-26) en el colegio de Mantaigu, y después sucesivamente oyó en el mismo colegio de Santa Bárbara los cursos de filosofía, graduándose de bachiller (1526), licenciado (1530) y más tarde de maestro, para lo cual antes había pretendido una cátedra de filosofía y la había obtenido en el colegio de Dormans-Beauvais, en el que hacía sus clases al mismo tiempo que estudiaba Teología. Este fue, en suma, el marco exterior en que se desenvolvió la vida de Francisco de Javier en París. En los once años que allí vivió fueron por demás trascendentales las transformaciones que en él se obraron. En el orden científico cursó los estudios de filosofía y teología, alcanzando los grados académicos con gran loa, lo cual era para las altas pretensiones del joven navarro el abrírsele las puertas para las honras y dignidades acompañadas de pingües beneficios eclesiásticos en la catedral de Pamplona, a cuya consecución había ya enviado sus despachos para la verificación de su nobleza. Pero en el orden espiritual fue grande el riesgo que corrió así en la ortodoxia de las ideas por la solapada propaganda luterana que se hacía en algunos colegios de la Universidad, como principalmente en las costumbres por los perversos ejemplos que daban algunos profesores, pero principalmente los compañeros estudiantes. Dos años estuvo fluctuando, si bien confesó más tarde que, por merced de Dios, nunca había naufragado.

Grupo social al que pertenecía: Apóstol de las Indias y del Japón, declarado por el santo padre Pío X "patrono de la Obra de la Propagación de la FE", cuya significación en la historia de la iglesia moderna ponderó el papa Pío XI en sus Letras Apostólicas Meditanlibus Nobis, al reverendo padre V. Ledochoswki, propósito general de la Compañía de Jesús. Fue el más glorioso e ilustre de los Javieres.

Colaboradores: La Providencia, que velaba por él, le deparó para guías al español doctor Peña y al angelical saboyano, hoy beato Pedro Le Fèvre, cuyo compañero de aposento fue en el colegio de Santa Bárbara, y desde el otoño de 1528 al guipuzcoano san Ignacio de Loyola. Desde su llegada, el alma de éste y de Le Fèvre pronto se fundieron en una íntima, y ya para siempre amistad. Francisco de Javier, en cambio, sentía desvío a las pláticas serias y demasiado elevadas para él de Ignacio, las cuales no se avenían bien con sus aspiraciones terrenas. Pero el de Loyola, que penetró las grandes prendas que encerraba el alma de Francisco de Javier, se propuso conquistarla para el servicio de Dios. Como Francisco de Javier daba entonces sus clases de Aristóteles y por otra parte, a causa de los gastos que había hecho, andaba escaso de recursos, Ignacio estudió de ganarle la voluntad procurándole discípulos y ayudándole delicadamente con dinero. Con esto pudo Ignacio hacer penetrar en el corazón del altivo maestro aquella sentencia del Divino Maestro: «¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?». La cual repetida por el penitente de Manresa con aquel espíritu y constancia que eran el resorte de su eficacia, obró con la gracia divina la maravillosa transformación de que el 15 de Agosto de 1534 el maestro Francisco de Javier se hallará en Nuestra Señora de Montmartre con Ignacio, Le Févre, Alfonso (de Bobadilla), Laínez, Salmerón y Rodríguez, para hacer cada uno el voto de ir a Jerusalén… y volviendo de ponerse en la obediencia del Pontífice Romano. Item de comenzar de dejar cada uno parientes el retia, como dice Le Févre en su Memorial. Del fervor con que Francisco de Javier durante aquellas vacaciones y después del voto hizo los ejercicios, dio eximio testimonio del mismo San Ignacio años adelante: «Maestro Francisco ultra de su abstinencia grande (había estado cuatro o cinco días sin comer), porque era en la isla de París uno de los mayores saltadores, se ató todo el cuerpo y las piernas con una cuerda reciamente; y muy atado, sin poder mover, hacia las meditaciones». Aquel espíritu brioso encaminado hasta entonces a las pretensiones temporales, había tan entera y fervorosamente dirigido su rumbo a Dios, que al llegarle de Pamplona el propio en el que aquel ilustrísimo Cabildo ofrecía al hidalgo maestro don Francisco de Jassu y Xavier una prebenda, había él ya renunciado a todas las pretensiones temporales por abrazar la pobreza de Cristo. Ignacio, por razón de su salud, hubo de volver a los aires natales por la primavera de 1535. Francisco de Javier le entregó una carta para el capitán don Juan, su hermano, en la cual escribe cariñosos párrafos de reconocimiento. «Y por que V. md. a la clara conozca quánta merced nuestro Señor me ha hecho en jauer conocido al S.or Maestro Iñigo por esta le prometo mi fe que en mi vida podría satisfacer lo mucho que le deudo, así por hauerme fauorescido muchas vezes con dineros y amigos en mis necessidades, como en hauer él seido causa que yo me apartasse de malas compañías, las quales yo por mi poca experiencia no conoscía» (Monumenta histórica Societatis Jesu: Xav. I204). De esta ternura que entonces brotó en el noble pecho de Francisco de Javier para con el padre de su alma, se entienden aquellas cariñosas expresiones que escribía después desde la India.

Cargo Público:

Ministerio por Italia y ordenación Sacerdotal (1536-1537)

Los compañeros de Ignacio habían permanecido en París a fin de terminar los estudios. A principios de Enero de 1536 se reunieron de nuevo en Venecia. Mientras esperaban embarcación para cumplir su voto de peregrinar a Tierra Santa se entregaron al servicio de los enfermos del hospital, y en este tiempo el hidalgo descendiente de los Jassu y Azpilcueta hizo aquel heroico acto de abnegación de chupar el pus de la llaga de un enfermo para vencer las repugnancias de la naturaleza. En estos oficios de misericordia se ocuparon hasta entrada primavera, que entonces se encaminaron en binas a Roma para besar el pie de Su Santidad y pedirle licencia de recibir las sagradas órdenes antes de partir a Jerusalén. El compañero de maestro Francisco de Javier era maestro D. Laínez, el cual contó años más tarde a Pedro de Ribadeneyra, según éste refiere, que en las posadas le asaltaban de noche extraños sueños, y así al despertar le dijo alguna vez: "Jesús, ¡qué cansado estoy! Soñaba que traía a cuestas un indio, y que pesaba tanto que su peso casi me aplastaba. En roma, estando recogidos en el hospital, despertó a veces a Rodríguez gritando más, más, más y era, como se lo dijo antes de separarse en Lisboa que soñaba hallarse en grandes peligros y trabajos por servicio de Dios, cuya gracia le sustentaba y fortalecía para pedir otros mayores. Vueltos a Venecia renovaron sus votos delante del legado Jerónimo Veralloo, e Iñigo, Francisco de Javier, Laínez, Salmerón, Bobadilla, Coduri y Rodríguez aun no eran aún sacerdotes, recibieron las órdenes de manos del obispo de Arba,, Vicente Nigusanti, las menores el 10 de junio (1537, el subdiaconado el 15, el diaconado el 17 y el presbiterado el 24, y después de algunos días de retiro celebraron su primera misa. Estorbada providencialmente la peregrinación a Jesurasalén se repartieron por diversas ciudades, dedicándose parte a la contemplación, parte al ministerio apostólico. Francisco de Javier se ejercitó en Montselice, Vicensa (en donde celebró su primera misa), y después en Bolonia. Por la primavera de 1538 se trasladaron a Roma. Francisco de Javier y N. Alfonde (de Bobadilla), allí Iñigo y sus compañeros deliberaron sobre su manera de vivir estable; fruto de aquellas deliberaciones fue la fórmula del nuevo Instituto que presentada a Paulo III por el cardenal G. Contarini fue aprobada verbalmente por Su Beatitud el 3 de setiembre de 1539. Pero pronto el vicario de Cristo comenzó a echar mano de aquellos fervorosos operarios. Francisco de Javier quedó al lado de su santo padre.

Actividad Pública:

Vaso de elección (1540)

El momento de la Providencia se acercaba para Francisco de Javier. Precisamente el 4 de Agosto el rey de Portugal don Juan III, por medio de su embajador Pedro Mascarenhas había pedido a S.S., Paulo III, misioneros de la naciente Orden para sus colonias de la India. Los señalados por Ignacio para aquella expedición fueron Rodríguez y Alfonso (de Bobadilla), el cual apenas llegado a Roma, cayó enfermo de suerte que no pudiendo seguir a Mascarenhass, san Ignacio llamó a maestro Francisco de Javier para substituirle; era el 14 de marzo de 1540. Al día siguiente redactó tres documentos importantísimos: uno en que declara recibir las constituciones de la Compañía de Jesús, que en adelante se aprobaren, otro en que da su voto para la elección de propósito general y el último en que da fe de sus votos simples (consúltese Monumenta historica Societatis Jesu, Xav., I811-14). Reparó su pobre ropa, tomó su brevario, y despidiéndose tiernamente de sus queridos hermanos en religión y de los amigos y especialmente de su santo padre Igancio, y recibida la bendición del Vicario de Cristo, partió de Roma el 16 de marzo, llegando a Lisboa por junio o julio de 1540. Recibidos por los serenísimos reyes de Portugal don Juan III y doña Catalina con mucho amor y cortesía, se entregaron a los sagrados ministerios con increíble fruto y edificación, así de la corte como de la ciudad de Lisboa. En este tiempo fueron expedidos por el papa Paulo III los breves en que le nombraba su legado o nuncio apostólico para las partes de la India, y le otorgaba amplísimas facultades para ejercitar su ministerio, al mismo tiempo que se resolvía entre el Papa, y el rey y san Ignacio que Rodríguez quedara en Portugal para establecer en aquel reino la Compañía de Jesús aprobada el 27 de septiembre de 1540, y que maestro Francisco de Javier partiese a la India con otros dos compañeros recientemente admitidos, Francisco Mansilhas y Pablo Cmerte.

Hacia la India (1541-1542)

Vino, finalmente, el 7 de Abril de 1541, día en que partiendo de Lisboa, el corazón del apóstol de las Indias palpitó fuertemente de gozo y ansia por llevar el conocimiento de Jesucristo a millares de infieles y dilatar los confines de la Iglesia católica. Francisco de Javier cumplía aquel mismo día los treinta y cinco años edad. Las antiguas narraciones de los viajes marítimos de entonces y la misma correspondencia de Francisco de Javier nos dan lugar a conjeturar las grandes penalidades propias de aquellas difíciles y largas travesías, especialmente hachas por un varón apostólico cuya provisión sea la santa pobreza. Las enfermedades que se apoderaron de los navegantes y los escándalos a que éstos se entregaban con frecuencia le dieron ocasión abundantísima de ejercitar con ellos su caridad heroica acompañada de la fervorosa asistencia espiritual que demandaban los diversos casos. Por esta razón era ya llamado el "santo padre". Por haberles sorprendido las calmas en la costa de Guinea no doblaron el Cabo de Buena Esperanza hasta Septiembre, y en el mismo mes llegaron a Mozambique, de donde escribía el 1Oºde enero de 1542 hallarse enfermo, de suerte que, según testimonio del padre Gaspar Barzeo (1548), llegó a peligro de muerte. Salieron de allí a fines de febrero, y haciendo escala en Melinde y Sokotora, llegó a Foa el 6 de mayo de1542m ella por cierto bienaventurado y dichoso para aquella ciudad y para todas aquellas partes de la India, pues en él aportó a ella el bienaventurado siervo de Dios por quien Nuestro Señor optó en ella tantas maravillas, según exclama M. Teixera (Monmenta historia Societatis Jesus:Xav. II841)

Vuelta a la India (1547-48)

La vuelta de Francisco a Malaca y de Malaca a la India había de ser providencial. Acababan de llegar nuevos misioneros. Visitó con la celeridad que le infundía su ardiente celo e incansable caridad las cristiandades ya fundadas. Cochín, Manapar, Bazain y Goa le recibieron dos veces en menos de dos años. Distribuyó el personal según las necesidades, avivó con su presencia los ministerios y consoló a todos con indecible caridad. En esta primera mitad de su apostolado o sea a principios de 1549 dejaba establecidos domicilios de la Compañía de Jesús en Goa, Pesquería, Travancor, Molucas, Malaca, Santo Tomé de Meliapur, Coulam, Bazain, Ormuz. En este tiempo no dejó de escribier nuevas cartas al rey de Portugal y a san Ignacio solicitando con fervorosas instancias el envío de más operarios. Como hubo arreglado los negocios a que debía atender como superior, se puso en camino para el Japón.

Regreso a la India (1551)

Por otoño de 1551, el padre Francisco de Javier se hizo a la vela en dirección a la India a fin de dar orden en los negocios de aquellas casas y misiones, y para después acometer la conquista del vastísimo Imperio de la China, que desde muchos años atraía los ardores de su celo. Expuso Francisco de Javier los motivos de tan magnánima empresa en la carta escrita a san Ignacio desde Cochín el 19 de enero de 1552. Declaradas las condiciones de los chinos, prosigue el santo misionero: "Si acá en la India no hubiere algunos impedimentos que me estorben la partida, este año de 1552 espero ir a la China por el grande servicio de Dios que se puede seguir así en la China como en el Japón, porque sabiendo los japones que la ley de Dios resciben los chinas han de perder más presto la fe que tienen a sus sectas. Grande esperanza tengo que así los chinas como los japones por la Compañía del nombre de Jesús, han de salir de sus idolatrias y adorar a Dios a Jesucristo, salavador de todas las gentes" (Monumenta historica Sovietatis Jesu: Xav., I672). Por ferero de 1552 estaba en Goa, en donde dio las ordenaciones convenientes para el buen proceder de los de la Compañía; nombró superior de todos al padre Gaspar Barzeo y habiéndose despedido de unos y otros con aquella exquisita caridad, despachó cartas a san Ignacio y al rey de Portugal y se hizo a la vela llevando consigo al mercader Diego Pereira, que iba con presentes como embajador de Juan III, al hermano Antonio Ferreira y al intérprete Antonio de Santa Fe.

Ideología: san Francisco de Javier era sumamente creyente y todo lo que hacía lo hacía por Cristo y en su nombre, era su inspiración. Aquel prodigo de santidad, aquel heroísmo, aquel maravilloso celo acompañado de los más extraordinarios carisma de su apostolado; por esto las multitudes se agolpan en grandes peregrinaciones alrededor de su cuerpo incorrupto, conservado en el Jesús de Goa en la magnífica urna de plata debida la primera al reconocimiento e iniciativa del padre M. Mastrilli y la actual mas rica que aquella a la piedad del Gran Duque de Toscana, que le costeó a fines del siglo XVII.

Valoración: San Francisco Javier tuvo una misión específica en el Nuevo Mundo: hacer efectivos los objetivos que San Ignacio de Loyola había establecido al crear la Compañía. Este último lo había elegido a aquel como su sucesor y Javier, con esfuerzo y sacrificio, engrandeció poco a poco aquello que en algún momento sólo era una ilusión. Se adentró en la vida de los hombres de América, convirtiéndose en uno más de ellos, compartiendo sus costumbres, inquietudes e intercambiando –en nombre de Cristo– culturas diferentes que lograron aunarse. La labor insesante y esperanzada, sin dudas, dio resultado.

Fuentes:

  • Enciclopedia Microsoft Encarta ’97.
  • Diccionario Enciclopédico Larousse.
  • Diccionario Clarín.
  • C. M. Abad, S. J., San Francisco Javier (Madrid, 1922).
  • J. de Acosta, S. J., De procuranda Salute indorum libri sex (Salamanca, 1588).
  • San Francisco Javier (Madrid, 1912).

Bibliografía:

  1. Enciclopedia Microsoft Encarta’97
  2. Enrique Planas, Historia de las Misiones en la Época Colonial Los Jesuitas en el Río de la Plata; Colección Antorcha, Editorial Atlántida, Buenos Aires, 1941.
  3. Suplemento Especial de Clarín: "Iberoamérica, una comunidad".
  4. Octavio Gil Munilla, El Río de la Plata en la política internacional.
  5. Atlas de Historia Universal de Clarín.
  6. Furlong, Guillermo; "Misiones y sus pueblos de guaraníes", Buenos Aires, 1962.
  7. Sierra, Vicente; Historia de la Argentina, Buenos Aires, 1959.
  8. Solá, Miguel; Las misiones guaraníes, en "Documentos de Arte Argentino", cuaderno XIX, Academia Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, 1946.
  9. Gran Enciclopedia Rialp.

 

 

Autor:

rossi_lopardo@ciudad.com.ar

Fuente: monografias.com

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